PIC NEGRE

La noticia cayó como un mazazo en los distintos grupos de whatsapp en los que suelo participar, el titular decía: “Se prohibirá el acceso rodado al Pic Negre y toda la Vall de Madriu”, después seguía el desarrollo de la misma, explicando que el Govern d’Andorra ya había aprobado una ley al respecto y que entraría en vigor, en cuanto se publicara en el Boletín Oficial de Andorra a mediados de junio.

El desaliento fue el sentimiento generalizado, tanto para los que conocían aquellos parajes, como para los que como yo, nunca habíamos estado.

Y es que la ascensión a los más de 2630 metros de altitud del Pic Negre, es un “must”, un hito a alcanzar para todos los moteros que nos gusta cambiar de vez en cuando el negro asfalto por la tierra marrón.

Ya me había hecho a la idea de que no llegaría a conocer la famosa Volkswagen T1 que dejaron cerca de su cima, remolcada por un Jeep Willys en la década de los 70, cuando me llegó un mensaje de audio de mi amigo Jaume, en el que me proponía buscar un par de días entre semana y hacer una escapada al Pic Negre, antes de que lo cerraran.

Inmediatamente le respondí afirmativamente y le agradecí que pensara en mí para acompañarle.

Su idea era hacer una ruta off road de dos días, saliendo el primer día desde su casa en el Maresme, hacer noche en la Cerdanya y al día siguiente ascender al Pic Negre. Por mi parte hice extensiva la propuesta a mi amigo Pigio, quien rápidamente se apuntó a la salida.

Finalmente yo no pude dedicarle dos días a la ruta, con lo que saldría directamente por carretera hasta el punto de encuentro en la Cerdanya.

Las 3 BMW nos esperan

El martes 1 de junio, tras 160 km de autopista llegamos Pigio y yo a desayunar al Hotel Moixeró del municipio de Prats i Sansor, en el corazón de la Cerdanya, donde había pernoctado Jaume, después de darse un buen tute de pistas el día anterior. En ese punto iniciamos la ruta los tres juntos con nuestras tres BMW: Jaume con su G650X, Pigio con su R9T Scrambler y yo con mi F850GS. 

Un corto recorrido de apenas 10 km por la N260, también conocida como Eje Pirenaico, nos llevó hasta Prullans, de donde partía en subida una estrecha y sinuosa carretera de montaña. Este tramo nos hizo ganar altura sobre la Cerdanya y nos ofreció unas buenas vistas de la Serra del Cadí en los 24 km hasta llegar al refugio del Cap del Rec.

En este refugio situado en la estación de esquí y montaña de Lles de Cerdanya, es donde acaba el asfalto y empieza la diversión del track. En cuanto nos metemos en “faena” percibo la rueda trasera de mi moto muy rebotona y la delantera un poco errática. Llevo demasiada presión de aire, adecuada para carretera pero excesiva para off road. Parada rápida para deshinchar ligeramente y seguimos. 

Mucho mejor ahora, siento la moto más aplomada, dentro de la poca adherencia de la tierra, claro. Siempre que preveo circular por pistas llevo en la moto un kit de reparación de pinchazos y un compresor de viaje, de esta forma cuando volvamos a pisar lo negro, podré hinchar de nuevo los neumáticos. 

Circulo delante de la comitiva, con el track de una conocida aplicación en el móvil, sujeto al manillar. A pesar de que voy consultando a menudo si vamos por el camino correcto, probablemente debido a mi poca habilidad, me confundo en algún cruce, teniendo que desandar un trozo. Previendo que entraremos en Andorra y que este país no tiene acuerdo de roaming de telefonía móvil, hemos puesto los móviles en modo “avión”, para evitar sustos en la factura, ya que las tarifas de datos son muy caras en el país de los Pirineos. Por suerte la aplicación que utilizamos para guiarnos funciona mediante comunicación vía satélite, no vía internet. Avanzamos en clara ascensión, pasando al lado de los refugios de Pradell primero, y de Font de les Pollineres después. Llegamos al refugio Prat Miró y paramos a hidratarnos, fundamental para mantenerse en buena condición física cuando la conducción es más exigente. En este punto hay que tomar el desvío de la derecha, el de la izquierda nos llevaría de bajada a la estación de esquí de Aransa.

Refugio Prat i Miró

Proseguimos nuestra subida cruzando bosques de abetos, encontramos algún tramo roto, con surcos formados por el agua, pero sin ninguna dificultad. 

En un par de ocasiones más paramos a descansar y rehidratarnos con gel energético, y es que llevamos casi dos horas de pista y hay que controlar la fatiga. Es muy importante beber antes de tener sed y descansar antes de estar extenuado.

Un corto descanso

Sin darnos cuenta hemos entrado en Andorra, aquí no hay fronteras visuales que lo indiquen, a medida que vamos ganando altitud la vegetación va disminuyendo y las vistas van aumentando en espectacularidad. Hacemos otra parada para tomar fotos cuando nos alcanzan dos moteros, nos saludan, se detienen a nuestro lado y nos preguntan si vamos al Pic Negre, les contestamos afirmativamente y nos dicen que son de Málaga y que están haciendo la transpirenaica, que también van al Pic Negre y ya nos veremos allá arriba. Aunque el pronóstico del tiempo no era bueno, de momento se mantiene estable pero con el cielo encapotado, al menos no sufrimos demasiado calor.

La pista llega a un punto en el que se cruzan varios caminos, por el de la izquierda descenderíamos hacia Naturlandia, tomamos el de la derecha, que desciende ligeramente por una vertiente de piedras sueltas y después vuelve a subir decididamente.

Aquí el paisaje cambia radicalmente. La única vegetación que hay es un inmenso manto verde que cubre a lado y lado del marcado camino de tierra que se enfila hacia la tierra negra de la cumbre del mismo nombre.

Las subidas se suceden, hay que dosificar el esfuerzo para las cuestas finales, que según nos han informado, son las más largas de la salida. Poco a poco, a medida que ascendemos, el paisaje se va transformando, se vuelve casi de otro mundo, si no fuera por la hierba que se extiende junto a las rocas negras, se diría que estamos circulando por otro planeta. 

En la cumbre del Pic Negre

Voy en segunda velocidad de pie sobre los estribos, subiendo una cuesta impresionante con alguna que otra piedra suelta que hace cambiar bruscamente la dirección de la moto. Tengo que estar muy atento a la conducción pero a la vez intento relajar los brazos, con síntomas de agarrotamiento, la cuesta se pone más empinada y me obliga a reducir a primera velocidad. Veo el final de la cuesta y me pregunto si al superarla veré ya la cumbre. Intento aprovechar la inercia que llevo y mantener una velocidad constante manteniendo la mirada muy adelantada. Llego al final del repecho y no, no se ve la cumbre, era sólo un repecho. Unos cuantos repechos y unas cuantas largas subidas más se sucedieron, hasta que por fin, vislumbré a lo lejos a los dos malagueños con sus Triumph Tiger 900 aparcadas, en lo que debía ser la cumbre. 

Al aparcar a su lado me sentía eufórico por haber llegado, como si hubiera cumplido un sueño impensable apenas una semana antes. Un intercambio de palabras alegres con los chicos y nos tomamos fotos mientras espero que lleguen mis compañeros. Veo a Pigio que se aproxima, llega hasta donde estamos y se baja de la moto sonriente. Nos felicitamos y de nuevo fotos y vídeos. El altímetro del móvil señala 2630 msnm. Los chicos de Málaga dicen que se van hasta la Volkswagen, nosotros esperaremos a que llegue Jaume. Lo hace un ratito después y nos explica que ha tenido un problema con la bolsa que llevaba atada en la trasera de su moto, y que se ha detenido para atarla bien. 

Objetivo logrado
La satisfacción de la cumbre

La euforia y alegría se contagia entre los tres, aunque las nubes cada vez hacen más acto de presencia y la temperatura está bajando. De nuevo arrancamos las motos y descendemos ligeramente para tomar el camino que va a la famosa furgoneta. Voy delante del trío, intentando seguir el track, pero hay multitud de caminos que parecer llevar al mismo sitio. En un momento dado me desvío claramente del track hacia la izquierda, convencido de que llegaré al mismo sitio. El camino se complica mucho, subo una fuerte cuesta y estando en lo alto veo la furgoneta a lo lejos y los malagueños a su lado. Espero que mis compañeros no me hayan seguido, me sentiría culpable de haberles metido por la peor trazada hasta la VW T1. Recobro un poco el resuello y veo a mis compañeros que, por suerte para ellos, han seguido la pista buena y están llegando a la furgo.

La rueda hundida en la nieve

Prosigo y el camino en el que estoy desciende fuertemente y atraviesa una pequeña vaguada, ahora cubierta de restos de nieve. La parte baja que debo cruzar está cubierta por una lengua de nieve de unos diez metros de ancho, que limita con una empinadísima subida, por la cual tengo que subir. –No pasa nada Carles, –pienso para mí. Intento coger velocidad para aprovechar la inercia y me sea fácil subir, pero en cuanto la rueda delantera toca la nieve, empieza a bailar a izquierda y derecha. Pie en el suelo controlando el manillar y sin cortar gas, atravieso con éxito (o sea sin caerme) los diez metros de la pista de patinaje que forma la nieve hasta que encaro la brusca subida. En este punto es donde la moto dice que no, que ella no piensa subir así como así. Acelero y lo único que consigo es que la rueda trasera se hunda en la nieve mientras la delantera se apoya en la tierra cuesta arriba. Intento conservar la calma, estudio la situación y me alejo de la moto, clavada en la nieve, en busca de piedras para colocar bajo la rueda trasera que ayuden a traccionar. Encuentro una que puede servir, inclino la moto hacia un lado, pongo la piedra justo donde sobresale el neumático de la nieve y vuelvo a probar, primera y empujando con las piernas. No hay manera. Llevo los TKC 70 tan gastados que, húmedos por la nieve, no hacen más que resbalar sobre la piedra que he puesto. Yo sólo no podré sacarla del atolladero, necesito ayuda. El frío aumenta y está empezando a nevar. Me alejo de la moto remontando un poco la cuesta para situarme en un punto que mis compañeros que están junto al furgón me vean. Les grito agitando los brazos pero, estamos tan alejados que no me oyen. Veo a los dos chicos de Málaga que empiezan el descenso y dirijo mis gestos y gritos hacia ellos. El que va delante no me ve, pero el que le sigue sí que me ve y se desvía de su trazada para aproximarse. Cuando ya está cerca de mí le hago señales para que no avance más, o tendremos dos motos encalladas en el mismo punto. Subo andando, le explico la situación y entre los dos volvemos a probar. Esta vez, acelerando la moto, con la fuerza de cuatro brazos y cuatro piernas, conseguimos mover los 230 kg de mi moto lo suficiente para que deje la nieve atrás y vuelva a la adherencia relativa de la tierra mojada. Con un apretón de manos y deseándonos suerte, nos despedimos con el motero salvador ¡Amigo malagueño que andabas por el Pic Negre el día 1 de junio, te estaré eternamente agradecido!

La famosa Volkswagen T1

Por fin me reúno con mis amigos junto a la Volkswagen y les explico lo sucedido. Mientras hacemos fotos y ponemos la pegatina de rigor en los restos oxidados de la furgo, saco unas barritas energéticas y las repartimos, es el momento de coger nuevas energías para el largo descenso, además son más las 13:00 y hay hambre.

Cuando empezamos la bajada ha dejado de nevar, pero sobre nuestros cascos el cielo sigue cubierto con nubes negras. El cansancio es el enemigo en estas bajadas tan largas y con piedras sueltas, así que tenemos que extremar las precauciones. Llegamos al punto en que el camino por el que hemos venido se cruza con el que desciende hacia la otra vertiente, lo tomamos y en pocos minutos de acusado descenso con grava y roca suelta llegamos a Naturlandia y la seguridad del asfalto. Felices chocamos los puños en señal de jubiloso triunfo y nos felicitamos. Vamos a buscar algún sitio para comer. Lo hacemos ya fuera de Andorra, en un bar de carretera de La Seu d’Urgell reponemos fuerzas antes de proseguir la vuelta a casa por carretera. El trayecto hasta casa fue un auténtico diluvio pero no nos importaba, estábamos satisfechos por haber logrado subir y bajar los 2630 m del Pic Negre sin incidentes destacables.

Posteriormente me ha llegado una información en el sentido de que parece ser que la restricción de acceso rodado sólo afectará a la Vall de Madriu y que las pistas que llevan al Pic Negre seguirán como hasta ahora. En todo caso, yo ya lo llevo en la saca: una deseo más tachado de mi lista.

EN VESPA POR EL SÁHARA

Una tarde de primavera del año 2007, estando en una terraza del Port Olímpic salió la conversación.

–Este verano me voy a Dakar en moto –les dije a mis compañeros de mesa.

 –¡Yo también! –replicó mi amigo Berni, –pero yo iré en Vespa.

Ir hasta Senegal en agosto tiene su punto, hacerlo en moto tiene cierto mérito, pero ir en una Vespa, atravesando España, Marruecos, Sáhara Occidental y Mauritania, tiene mucha dosis de locura.

Superada la primera sorpresa por la noticia, Berni nos dio más detalles de su proyecto. Se trataba de llevar dos Vespas para donarlas a un grupo de maestros que se tenían que desplazar por las aldeas más alejadas con una cierta autonomía. Berni y su amigo Jordi, ambos grandes aficionados a los scooter y en especial a las Vespas, contarían con el apoyo del Vespa Team Barcelona y la Scooter Society, para llevar dos Vespa TX 200 hasta un pueblecito a las afueras de Dakar.

Atravesando el Sáhara Occidental con avisos de minas

También partirían de Barcelona y viajarían en la misma época, aunque saliendo unos días antes que nosotros: “¿te imaginas que nos encontremos?”.

Así quedó la cosa, cada uno de nosotros siguió con las preparaciones de sus respectivos viajes. En mi caso finalmente haríamos el viaje cuatro motos. Pasaron los meses y llegó el momento, tan deseado como esperado de iniciar el viaje. Permíteme mencionarte que en aquella época todavía no teníamos Whatsapp, y puesto que Berni vivía entre Toledo y Barcelona, nos comunicábamos por Messenger o llamada telefónica, por eso sabíamos que las Vespas habían emprendido la ruta hacia el sur unos cuantos días antes que nosotros.

Viajando por Marruecos pudimos encontrar algún cibercafé y conectarnos a internet, de esta manera nos enteramos de una noticia graciosa: en los foros de scooters en los que eran participantes activos Berni y Jordi, habían organizado una porra para adivinar en qué punto del viaje se estropearían las Vespas y se les acabaría el viaje. Yo ya había estado seis veces en Marruecos y el Sáhara Occidental, pero nunca había cruzado a Mauritania. Los días del viaje se sucedían sin más contratiempos que los inherentes a un viaje de estas características, que no son pocos: papeleos de fronteras, controles policiales y calor, mucho calor. 

Casi 50 grados de temperatura ambiente

Ya en Mauritania, después de pasar la noche en Noadhibou y cruzando el país, tuvimos noticias de que teóricamente las Vespas andaban unos pocos kilómetros por delante nuestro. En nosotros tomó fuerza de nuevo la idea: “¿te imaginas que nos encontremos?”.

Y así fue, primero dos puntitos oscuros en la lejanía de la recta carretera, después los puntitos fueron tomando forma, finalmente vimos claramente que se trataba de dos Vespas. Allí, junto a la árida carretera y bajo un sol de justicia nos detuvimos. Saludos, abrazos, felicitaciones y risas, y pasado un rato nos deseamos suerte mutuamente y nos despedimos con un: “a ver quién llega primero a Dakar”.

Berni enfundado en un mono azul, con la Vespa TX 200, en Mauritania
Equipada a tope
Jordi emprendiendo la ruta
¿Quién llegará primero a Dakar?

Volvimos a la ruta dejando atrás a Berni y Jordi con sus Vespas y su menor velocidad, nos acercábamos a Nouakchott y al día siguiente nos esperaba la complicada aduana de Rosso para acceder a Senegal. Por cierto, lo que viví en el paso de la frontera de Rosso, fue tan inverosímil y kafkiano, tal y como narro en mi libro “Dos ruedas y cuatro continentes”, que merece un post entero aparte. 

Una vez dentro de Senegal el único control que sufrimos, fue una parada de la policía senegalesa, en la que sólo comprobaron que lleváramos el carnet de vacunación al día. Llegamos a la población de Saint-Louis, nos instalamos en un hotel y después de asearnos y cambiarnos de ropa salimos a dar una vuelta por la ciudad.

Nos llamó la atención un local llamado Yguane café, que tenía el frontal de un vehículo todo terreno en la fachada y se anunciaba como café cubano. Entramos a tomar algo fresco y en cuanto accedimos al interior del bar nos encontramos de nuevo a Berni y Jordi, esta vez con pantalón corto y camiseta. La casualidad quiso que nos encontráramos dos días después de rebasarlos en la carretera, en un garito de una ciudad de Senegal.

El garito del encuentro

Estábamos a 230 km de Dakar, un puro trámite que recorreríamos al día siguiente, y en aquel bar nos sentíamos relajados. Entre Gazelle y Gazelle, la cerveza africana hecha en Dakar, Berni nos explicó que las Vespas se habían portado de maravilla, que la única avería sufrida, fue un bombilla fundida. Nos dijo en Dakar se encontrarían con Malik, a quien le entregarían las dos Vespas TX 200, y pocos días después volverían en avión a Barcelona.

A nosotros todavía nos faltaba pasar unos días visitando Dakar y la isla de Gorée, y desandar todo el camino recorrido de vuelta a casa. 

UN DÍA EN LAS CARRERAS

Mi gusto por las carreras de motos ha ido variando con el tiempo. Años atrás seguía casi como religión, las retransmisiones televisivas del campeonato mundial de motociclismo, y no me importaba darme una paliza de kilómetros para ver las carreras en Donnington Park o Jerez. Era la época de la categoría de 500 cc de 2 tiempos. 

Tengo grandes recuerdos de las carreras de resistencia en Montjuic, o de los campeonatos de promoción Copa de Ossa, Streaker de Bultaco, Chrono de Montesa o la Copa RD de Yamaha, así como el Critérium Solo Moto, cuyo vencedor se llevaba de premio nada menos que una Yamaha TZ 250 de competición. Después se construyó el Circuit de Catalunya y los aficionados españoles tuvimos nuestro lugar de peregrinaje común, junto con Jerez, y más tarde con Motorland Aragón. 

Un piloto a punto de entrar en pista en el Circuito de Motorland Aragón

También en mi juventud hice mis pinitos en las carreras, pero no temas, no voy a contarte mis mediocres resultados en competición. Mi interés por el mundial se fue desinflando, hasta el punto en que ahora me suelo enterar del resultado de las carreras por la prensa, al día siguiente. 

En cambio, de unos años hacia aquí, cada vez disfruto más asistiendo carreras de motos clásicas. Tengo unos cuantos amigos que compiten en diferentes campeonatos de resistencia y regularidad y me complace mucho acompañarlos en los circuitos, estar con ellos en el box entre manga y manga, o moverme por el paddock saludando a conocidos. 

El Club Cafe Racer 09 en el Circuit de Calafat

Seguramente tiene mucho que ver con que me gusten tanto este tipo de competiciones, el hecho de que en ellas corren las motos que me hacían soñar en mi juventud, con pilotos de esa época.

Dos preciosas Bultaco en el Circuit de Catalunya Montmeló

Paseando por un circuito en un día de carrera de motos clásicas puedes ver a Alejandro Tejedo, vencedor junto a Josep Maria Mallol de las 24 horas de Montjuic en 1980, o a Carlos Lavado, el piloto venezolano campeón del mundo en 250 cc los años 1983 y 1986, mientras tu espíritu se alegra escuchando el sonido agudo de los motores de dos tiempos y te invade el aroma del aceite de ricino.

Alejandro Tejedo con la Matchles 500 en el Circuit de Castellolí
Con Carlos Lavado, vencedor de dos campeonatos del mundo de 250, en el Circuit Ricardo Tormo de Cheste

Además estoy en el Club Café Racer 09, en el que tenemos una amplia muestra de amigos pilotos que nos representan: Pitu, Kiko, Kero, o los tristemente fallecidos Mangas y Pascual. Con el tiempo se van forjando otras amistades del mundillo, Jou, Coro, Victor, entre muchos otros. 

De izquierda a derecha, Victor, Kero, Kiko, Pitu y Coro

En una carrera en la que participa el Club 09 se respira un ambiente distendido y en su box puedes encontrar a alguien cambiando bujías o cocinando una paella, otro motivo para ir a ver las clásicas. 

Kiko y la paella del 09
Pitu pilotando una espectacular Suzuki

Hay otras carreras motociclistas que aún no siendo de motos clásicas, me siguen llenando y motivando como la primera vez que supe de ellas: el Tourist Trophy de la Isla de Man. He tenido la suerte de acudir en dos ocasiones a la isla y tengo intención de volver en cuanto las circunstancias sean favorables.

En el TT Granstand de la Isla de Man

AMAZONÍA

Habíamos llegado el día anterior, después de varias horas navegando por el río Napo en un escueto cayuco sobrecargado con 4 mochileros y un guía local. A pesar de ser un afluente directo del río Amazonas, el Napo en esa época del año llevaba tan poco caudal que en varias ocasiones tuvimos que bajar de la barca y llevarla en volandas a fuerza de brazos para superar algún que otro saliente de rocas. En Puerto Misahuallí la capitanía del puerto nos selló los pasaportes, control imprescindible para poder navegar por los ríos de la Amazonía ecuatoriana. Antes de embarcar Mario, el guía, nos llevó a la cantina del poblado a comprar provisiones para la travesía que nos esperaba por la selva. Aparte de Mario, el grupo lo formábamos una pareja de hermanos israelís, chica y chico, mi compañera y yo, y para semejante grupo las provisiones compradas se limitaron a una bolsa de pan de molde tamaño familiar, una lata de atún en conserva de 1 kg. y 2 botellas de coca-cola de 2 litros cada una, amén de las botellas de agua varias que llevábamos cada uno en la mochila. 

Al desembarcar del cayuco repartimos el avituallamiento entre todas las mochilas y, calzados con botas de agua, nos alejamos de la riba del río siguiendo un pequeño sendero durante 40 minutos, hasta una agrupación de tres chozas con techo de chamizo, elevadas sobre troncos para evitar que las alimañas pudieran acceder a su interior. Nos subimos a una de ellas por unos precarios escalones, era la sobriedad personificada: una estancia diáfana, con el suelo de madera por el que se veía la tierra metro y medio más abajo, abierta a los 4 vientos y rodeada por una barandilla de troncos atados entre sí con cuerdas de cáñamo y liana, sin paredes, sin puertas, sin intimidad. Las otras dos chozas estaban habitadas por varias familias de etnia napuruna, predominante en la zona. Nos habían recibido con amabilidad pero con un cierto aire de recelo, quizá de miedo. Extendimos sobre unos montones de paja y hierba nuestros finos sacos de dormir, la mínima tela para que no nos devoraran los mosquitos y las arañas durante las calurosas horas nocturnas y volvimos a salir a la imaginaria plaza de arena formada por unos troncos horizontales a modo de bancos entre las tres chozas. Allí sentado, me deleité observando como a medida que oscurecía, aumentaba el nivel de los cantos de los pájaros y los aullidos de los monos desde la espesura cercana. Al poco rato se acercó un anciano acompañado de dos hombres más, quienes deduje que eran vecinos del poblado. Nos saludaron estrechando uno a uno nuestras manos y en un momento nos vimos rodeados de niños correteando y riendo junto a nosotros. Apenas hablaban español, nos comunicábamos mediante gestos y gracias a la traducción que nos hacía Mario, que hablaba perfectamente quechua del Napo, el idioma local. Tras un buen rato de plática vinieron las mujeres, portando una gran perola humeante y unos cuantos cubiertos y platos metálicos abollados, en los que sirvieron una especie de puré blanquecino con frijoles. Mario nos explicó que era yuca cocida, que las familias locales compartían la comida cogiéndola directamente con la mano desde la perola y que el hecho de ofrecérnosla en platos era una muestra de bienvenida respetuosa. Tímidamente cenamos lo que nos ofrecieron, más por cortesía que por el sabor de la comida, nuestro paladar urbanita no está acostumbrado a ciertos sabores. La noche avanzó y el cansancio me fue venciendo, hasta que me dormí sobre la tarima de la choza, escuchando cantos, aullidos, pitidos y chillidos de la fauna selvática. La noche pasó con el sueño inquieto por el continuo pero sigiloso movimiento de la cercana selva y al aumentar los aullidos y silbidos con las primeras luces, lentamente nos fuimos desperezando.

Una exótica ducha al aire libre, a base de un cubo de agua fría sujeto con cuerdas en lo alto de un árbol, me trajo bruscamente a la realidad de la selva. Desayunamos galletas con una bebida caliente a base de achicoria, cualquier parecido con el café era pura coincidencia, y nos calzamos de nuevo las botas de agua. 

El guía nos dio unas instrucciones claras: «caminad uno detrás de otro en fila, no alcéis la voz ni hagáis ruido excesivo, vigilad las serpientes que cuelgan de los árboles y mantened los ojos bien abiertos». Acto seguido cogió un puñado de frutos pequeños redondos y rojizos, los estrujo en una mano y con el líquido que desprendían nos marcó dos señales rojas en la frente a cada uno de nosotros. «Es achote» dijo, «nos protegerá allá donde vamos». Después sacó dos enormes machetes, me dio uno y me dijo: «tú irás dos metros detrás de mí desbrozando y cortando, entre los dos iremos abriendo paso, vigila no me des a mí».

Mario era adusto y parco en palabras, por eso cada vez que hablaba los cuatro le escuchábamos con atención. Además, la seriedad de su expresión hizo que su locución me quedara muy presente. Empezamos a andar y a los pocos minutos estábamos dando machetazos empapados de sudor, no eran ni las 10 de la mañana, pero la humedad de la selva invadía nuestro cuerpo. Machete en mano me llamó la atención que era de la marca Bellota, de fabricación española. El avance en la espesura resultaba cansado y farragoso, no solo por el ejercicio físico de dar golpes de machete para abrir un mínimo paso entre ramas y lianas, sino también porque a cada paso que dábamos nuestros pies se hundían en la tierra fangosa y arbórea. Definitivamente las botas de agua de goma tipo katiuska, eran el mejor calzado para moverse en este medio, húmedo y oscuro por la sombra de la selva que lo cubría todo. Yo me sentía totalmente desubicado. Me gusta salir de mi zona de confort, pero aquello era demasiado. Además, seguramente por mi formación de guía de montaña, necesito saber dónde estoy exactamente en cada momento y en aquella tupida selva no conseguía orientarme lo más mínimo. De vez en cuando Mario se detenía un momento, alzaba la vista hacia las copas de los árboles que lo cubrían todo, observaba en qué posición estaba el sol y cambiaba de dirección. También de vez en cuando, nos daba una escueta información sobre los animales que oíamos: ahora un tucán, ahora un mono aullador, o señalaba con el machete y el brazo extendido hacia un colibrí libando una flor, una serpiente enroscada en una rama o una enorme araña peluda en el suelo, que nuestra vista poco habituada no lograba ver por sí sola. En la selva nunca hay silencio. Casi sin avisar, entre machetazo y machetazo, llegamos a un cauce de río. Teníamos que cruzarlo. Nos quedamos en ropa interior y con la ropa en la mochila por encima de nuestras cabezas, entramos en el agua. Acalorados como estábamos, el frescor del agua nos apetecía y el remojón nos sentó bien, aunque la corriente tenía tanta fuerza que cruzando pasito a pasito, nos desplazó bastantes metros de nuestra ruta. Al otro lado del río nos secamos un poco y proseguimos nuestra expedición. El calor húmedo a esta hora ya era asfixiante, y cuando el sol ya estaba casi en el punto más alto del día, llegamos a un pequeño lago. Aquello era paradisíaco. Escondido en la selva amazónica se nos apareció una laguna de aguas tranquilas y transparentes, con una pequeña cascada en un extremo que aportaba un buen chorro de agua constante. A los cuatro mochileros nos parecía que habíamos encontrado un tesoro escondido, y es que realmente lo era. «Aquí comeremos» dijo secamente el guía, «podemos bañarnos antes».

No puedo describir con palabras lo que sentí al zambullirme en aquellas aguas cristalinas. Mi cuerpo caliente y empapado en sudor, rápidamente se refrescó y se mantuvo en una temperatura ideal. Flotando en la laguna, miraras donde miraras alrededor, la espesura de la selva la rodeaba formando frondosas paredes de vegetación, como si de una bañera se tratara, dotando al lugar de una peculiar privacidad. Aquello debía ser lo más parecido a estar en el vientre materno. Estuvimos un buen rato retozando en el agua y después nos repartimos entre los cinco la lata de atún, el pan de molde y las coca-colas que habíamos comprado la víspera en Misahuallí. El “ágape” duró cinco minutos, por frugal y escaso y por el hambre que teníamos. Cargamos la bolsa, botellas y lata vacías en las mochilas, y de nuevo nos adentramos en la selva amazónica. Al poco rato Mario dijo: «si os habéis quedado con hambre, ahora comeremos los postres». Pensé que nos mostraría algún delicioso fruto tropical escondido. Pero no. En medio de aquella espesa vegetación, observamos un claro en el que extrañamente no había ni un árbol o arbusto en un diámetro de quince metros, salvo un endeble arbolito de ramas largas y estrechas, situado en el centro geométrico del claro. «Este pequeño árbol se come todos los nutrientes de su alrededor, por eso no puede crecer nada cerca de él», nos explicó el guía, y añadió: «en él habitan una especie de hormigas que contienen mucho ácido cítrico, aquí tenemos el postre de limón». Nos quedamos todos extrañados y asentimos con una sonrisa, como diciendo: «sí claro». Mario se acercó al arbolito, tomo una rama de la que sobresalía una anómala protuberancia y con el filo del machete empezó a rascar suavemente el bulto hasta que lo agujereó. Del agujero empezaron a salir unas hormigas pequeñitas, de unos dos o tres milímetros de largo. Con la punta del machete raspó el agujero y sacó un puñado de larvas blancas y hormigas correteando, «aquí tenéis el postre ¿quién quiere probarlo?» Quizás por el hambre, quizás por mi curiosidad innata, pero no me lo pensé, dije «¡yo!» alzando el dedo. El resto del grupo me miraba con asco y giraban la cabeza mientras acercaba la boca al machete. Cuando tuve la mezcla de hormigas y larvas en la boca, Mario me dijo: «tienes que aplastar las hormigas con la lengua contra el paladar, o te bajarán las hormigas andando por dentro del cuello». Le hice caso y sentí como chasqueaban los cuerpecitos al chafarse dentro de mi boca y automáticamente me invadía un suave sabor a limón. Dos veces repetí la operación, mientras mis compañeros me decían que estaba loco. Tras esta experiencia gastronómica extrema, proseguimos la excursión.  Seguimos durante horas avanzando a golpe de machete, hasta que de repente la intensidad de la vegetación disminuyó y llegamos a la aldea de la que habíamos salido por la mañana.

Al llegar, Mario nos dijo que por la noche vendría el chamán de la zona, para hacer la ceremonia de la ayahuasca, que esa ceremonia era muy conveniente, puesto que habíamos estado transitando por zonas de la selva en las que habitan los espíritus, ya que ningún ser humano había circulado nunca, o en todo caso hacía mucho que no pasaba nadie. Nos dijo que la ayahuasca nos ayudaría a hacer la limpieza de espíritus malignos que nos hubieran podido seguir hasta la aldea. Y añadió: «si tomas ayahuasca, hablarás con los monos…».

Cayó la noche y empezaron a sonar timbales y cánticos, provenientes de los hombres que se habían sentado en los troncos de la placita central. En el centro, una hoguera proyectaba sombras titubeantes alrededor. Al rato de estar escuchando los monótonos tambores, hizo su aparición el chamán. Iba vestido con ropa occidental, pero con la cara pintada con achote y un tocado de plumas y liana en la cabeza, y cruzándole el pecho, un enorme zurrón curtido en mil ceremonias. Le precedían dos hombres que debían ser sus ayudantes, por la forma en que obedecían sus instrucciones. 

Se sentó y empezó la ceremonia encendiendo un enorme cigarro puro. Algunos hombres y mujeres fueron pasando mientras yo observaba curioso el proceso: la persona a “purificar” se colocaba de rodillas frente al chamán mientras este aspiraba el puro con fuerza, para seguidamente echar el humo a la cabeza de la persona directamente sobre el cabello, después le daba a beber un liquido marrón en un trozo de coco a modo de tazón. Para acabar vertía un chorro de una botella de aguardiente en el mismo coco y también se la bebía de un trago. Todo ello amenizado con el canturreo murmurado del chaman, seguramente invocando a que se marcharan los malos espíritus. Al acabar, la persona ya “purificada” se apartaba a tumbarse en el suelo, lejos de la mirada del resto de gente. 

El guía empezó a calentar agua para cocinar unos espaguetis para el grupo, entonces preguntó quién quería probar la ayahuasca, y otra vez como un resorte, levanté el dedo. «Entonces hablarás con los monos», volvió a decir Mario. 

No soy creyente de espíritus, ni de dioses, ni de religiones, pero la observación de aquella ceremonia me llamó poderosamente la atención y el ansia de probar y conocer me empujó a hacerlo. Nadie más del grupo quiso acompañarme.

Me puse de rodillas ante el chamán, me tiró el humo del puro que estaba casi acabado, y me dio a beber la ayahuasca de color marrón. Tenía un sabor amargo, pero me tragué entera la bebida en el coco que me ofreció, después bebí el aguardiente en el mismo coco y esta vez me costó tragarlo, de tan fuerte que era aquella bebida alcohólica. Me incorporé y me retiré a sentarme en la oscuridad, mientras el chamán seguía murmurando oraciones y los timbales no cesaban. Allí estaba yo sentado, esperando que vinieran a hablarme los monos. Pero no vinieron. En cambio sí que vinieron mis hijas. Míriam y Laura de ocho y cuatro años respectivamente, estaban en España a casi 9000 km. de distancia, y sin embargo las tenía delante. Iban ataviadas con taparrabos y plumas en la cabeza y cuando llegaron a mi lado se pusieron a bailar al ritmo de la percusión que sonaba. Yo estaba sonriendo y preguntándoles cómo habían llegado hasta allí, pero ellas se limitaban a bailar sin contestar mi pregunta. Al cabo de unos minutos de estar viendo con mis propios ojos a mis hijas, sus caritas se transformaron y dejaron de ser ellas. En realidad eran dos niñas del poblado, que habían venido hasta nosotros para dedicarnos unos bailes típicos. Pero yo os juro que vi a mis hijas. El efecto de la ayahuasca se transformó entonces en un terrible mareo. Todo se movía a mi alrededor. Giraban las estrellas, giraba la fogata, giraban las chozas y yo no me tenía sentado. Empecé a vomitar. No quiero ser muy explícito pero te diré que lo hice en grandes cantidades, a chorro y con más fuerza que nunca lo había hecho. Después me dormí. No mucho rato, pues cuando me desperté el chamán ya se estaba retirando. Subí a la parte elevada de la choza donde estaban mis compañeros que me preguntaban si había hablado con los monos. Les estaba contestando que no, cuando vi en un rincón restos de los espaguetis que habían cenado. Sin pensarlo me abalancé sobre la cazuela y los devoré como si hiciera días que no comía. «No he hablado con monos, pero he visto a mis hijas». Me miraron, ahora sí, convencidos de que estaba loco. Ya no recuerdo nada más, hasta que me despertó el canto de la selva al amanecer. 

En aquel viaje por Ecuador también ascendimos los volcanes Guagua Pichincha de 4794 m. y Cotopaxi, de 5897 m. de altitud, entre humeantes fumarolas de azufre. Bajamos en mountain bike, los casi 2000 metros de desnivel desde la cumbre del Rucu Pichincha hasta la ciudad de Quito. Pudimos observar de noche la erupción del volcán Tungurahua, con los ríos de lava incandescente deslizándose por sus laderas. Sin embargo la experiencia más impactante para mí, fue la que vivimos en la selva. La Amazonía me ofreció un viaje tan duro, que no me permitió dedicarme a tomar fotos. De aquel viaje, si no fuera porque quedó el sello del control del puerto de Misahuallí en el pasaporte, creería que fue un sueño.

No fue un sueño.

SIEMPRE APRENDIENDO

Estoy convencido de que la vida es un continuo aprendizaje, un constante ensayo-error del que podemos aprender, sacar conclusiones y modificar comportamientos para mejorar. Casi siempre. Por eso cuando unos amigos me propusieron realizar un curso de conducción trail junto a ellos, no me lo pensé ni un segundo. En tantos años moviéndome en moto, he tenido que superar dunas de arena en el Sáhara, barrizales de arcilla en África, ríos desbordados en Nepal o carreteras heladas en Europa, o sea que podría parecer que soy un motero con amplios conocimientos y experiencia que no necesita cursos. Nada más lejos de la realidad, tengo experiencia, sí, pero también muchos vicios de conducción, o directamente errores sobre una moto. Por eso y por mis ganas de aprender me apunté al curso de iniciación al trail de la empresa TwinTrail https://www.twintrailexperience.es/. Puesto que nuestras agendas eran complicadas de coordinar, finalmente los cinco amigos optamos por hacerlo en un día laborable, contactamos con TwinTrail y después de ver las distintas opciones nos decidimos por un curso “one to one”, en el que el monitor está dedicado exclusivamente al grupo reducido que le ha contratado. Tocaba decidir entonces entre las dos versiones de este curso, podía ser de media jornada (4 horas) o de jornada completa (8 horas). ¿Qué somos, leones o huevones? Por supuesto elegimos el de 8 horas. Se impartiría un miércoles de 10:00 a 19:00, con un descanso de una hora para comer.

En la puerta de TwinTrail

Y llegó el día del curso. A las 9:45 de la mañana Genís, Juan, Pigio y yo, (finalmente Enric no pudo venir por motivos laborales) nos plantamos en la puerta de las instalaciones de TwinTrail Experience en Castellolí, cerca de Barcelona y tras las presentaciones del monitor Carles Falcón, nos dirigimos al circuito cerrado privado, próximo al local, en el que se desarrollan los cursos. 

El monitor levantando un BMW 1250 GS

El curso empezó con un breiffing en el que el monitor nos preguntó acerca de nuestra experiencia en conducción off road, para evaluar el nivel de pilotaje que teníamos. También nos hizo una advertencia muy importante: que nos tomáramos con calma los ejercicios y las prácticas sobre la moto, ya que el curso sería cansado al ser de 8 horas seguidas. ¿Qué somos, leones o huevones? A continuación nos explicó detalles sobre la postura a adoptar sobre la moto según el momento de conducción, esto es en frenada o en aceleración, y nos demostró la técnica para levantar del suelo los 240 kg. de una moto caída.

Escuchando atentamente las indicaciones del monitor

Al poco rato vino hasta el circuito Isaak Feliu, il capo de TwinTrail, cargadito de botellines de agua para que no nos deshidratáramos.

Seguimos con unas prácticas de control del embrague y equilibrio, con giros cerrados a baja velocidad controlando la moto con las rodillas. Antes de ir a comer Carles nos guió en una ruta off road por los alrededores, para practicar todo lo aprendido por la mañana, bajo la supervisión de Carles Falcón, que no nos quitaba ojo. Llegamos al restaurante de Castellolí ligeramente tocados por el cansancio, pero el break del almuerzo nos supuso un ratito de reposo y un chute de energía.

Una forma como cualquier otra de aparcar la moto

Tras la comida volvimos al circuito, por la tarde tocaba practicar frenada con bloqueo de rueda, trasera y delantera. Este ejercicio es fundamental para conocer los límites de tu moto y te aseguro que al principio daba bastante miedo, aunque después lo fuimos perdiendo.

Practicando la frenada

También hubo prácticas de subida y bajada de pendientes de grava con mucha inclinación. A estas alturas del curso ya llevábamos cerca de 6 horas de subir, bajar, de pie, sentado, arrancar, frenar, caer, levantar la moto, y el cansancio estaba más presente. Para finalizar el curso nos esperaba otra ruta off road, más larga y un poquito más complicada que la de la mañana.

En esta ocasión pudimos poner en práctica frenadas en pendiente, curvas cerradas, aprovechar inercias para remontar pendientes y circular sobre distintos tipos de terreno. Cuando faltaba relativamente poco para el fin de la ruta, pasamos muy cerca de un tramo de asfalto, y el monitor nos ofreció la posibilidad de volver a TwinTrail por carretera o seguir por la pista. En este punto yo estaba tan cansado que no quise forzar más y junto a otro compañero, decidimos volver por carretera. Llegamos al local con pocos minutos de diferencia respecto a los que completaron la ruta off, una vez allí nos despedimos de Carles Falcón, un verdadero crack como monitor, que además de manejar una maxitrail como si fuera un patinete, (irá junto a Isaak Feliu y Albert Martín a correr el Dakar 2022 en Arabia Saudí), tiene grandes dotes para transmitir sus conocimientos. Un ratito más nos quedamos los 4 amigos comentando la jugada y riéndonos de las respectivas caídas.

Sí, hubo unas 6 caídas entre todos (aunque uno de nosotros no se cayó ninguna vez, y no diré quién fue), por suerte sin ningún daño material o físico que lamentar. Para estos cursos de tantas horas es importante estar más o menos fuerte o en forma, no sé si somos leones o huevones, pero a mí las agujetas me duraron unos cuantos días.

LA PASIÓN QUE TODO LO PUEDE

Llevábamos varias semanas que indefectiblemente, al llegar el fin de semana se daba la misma circunstancia, lluvia y más lluvia. Pero ese fin de semana, a pesar de que también anunciaban lluvias torrenciales, tenía una particularidad que lo diferenciaba y lo hacía especial. Era el primer fin de semana en el que se levantaba el confinamiento comarcal. 

Después de meses escudriñando los límites de mi comarca sobre la moto, trazando líneas imaginarias en mi mente, ya que no hay no hay rallas pintadas en el asfalto que te indiquen: aquí acaba el Vallès Occidental, se abría ante mí la posibilidad de rodar sin tener que vigilar límites geográficos. Bueno sí, se mantenía el confinamiento de Catalunya, a menos que tuvieras intención de ir al país vecino de Andorra, pero esta incomprensible contradicción merecería muchas páginas de debate, o sea que la voy a pasar por alto. 

El fin del confinamiento comarcal suponía poder rodar junto a amigos de otras comarcas, con quien vamos manteniendo el contacto por redes sociales, pero llevamos meses sin rodar juntos por ocio. Durante la semana fuimos haciendo planes ilusionados con atravesar comarcas sin fin y en grupo más o menos numeroso. Barajamos la posibilidad de ir hasta el Pirineo y buscar un trazado de pistas, o hacer una ruta más asfáltica con muchas curvas, eso sí, todas las opciones pasaban por estar todo el sábado rodando. 

A medida que se acercaba el fin de semana el pronóstico de lluvia se afianzaba con más fuerza y de forma proporcional perdía fuelle el número de amigos interesados en salir en moto. 

De hecho, dos días antes de la salida prevista, había quedado para tomar un café con mi amigo Manel Kaizen en una población a unos 50 km al norte de donde vivo, y por supuesto me alcanzó la lluvia. ¡Pero qué lluvia! Había tramos de la carretera inundados, con vehículos parados en el arcén con los cuatro intermitentes, por el exceso de agua. Yo había salido con ropa de calle y una chaqueta de Barbour muy poco impermeable, aunque en un rincón del baúl de la moto guardaba un pantalón de lluvia que al menos me mantuvo las piernas más o menos secas durante un ratito, pues de vuelta a casa tuve que poner a secar toda la ropa. La cuestión es que la lluvia no pudo con las ganas del café con Manel.

A menudo cuando me alcanza la lluvia circulando en moto, me trae recuerdos de viajes, me evoca lugares lejanos en los que no me ha quedado otra que seguir viajando a pesar del aguacero. Quizá por esto casi me atrevo a decir que me gusta la lluvia en moto. 

Pero entiendo que no a todo el mundo le guste como a mí, por eso entendí perfectamente que el primer sábado de desconfinamiento comarcal, amaneciendo lluvioso y con pronóstico de lluvia para todo el día, sólo fuimos 4 locos apasionados los que nos atrevimos a salir del confort hogareño y enfrentarnos a la intensa lluvia matinal.

Esta no vez me pillaría desprevenido, ya salí de casa equipado con botas, pantalón, guantes y chaqueta de goretex. 

Recorrí con mucha precaución los 30 km hasta el punto de encuentro con mis amigos, aunque había muy poco tráfico, el aguacero provoca una contención a las ganas de salir en festivo de los automovilistas y sobre todo de los motoristas. Ni una sola moto en el recorrido. Hasta llegar al primer semáforo de entrada a Barcelona, en el que vi otro loco como yo esperando el verde. Era Enric, uno de los cuatro apasionados que habíamos quedado esa mañana. Llegamos al punto de encuentro, Pigio estaba esperándonos, al poco rato llego Juan. 

Desayunamos con parsimonia y tranquilamente, charlamos largo y distendidamente y un buen rato después nos decidimos a volver a la incómoda lluvia. Salimos de la ciudad y nos dirigimos a la carretera sinuosa que nos quedara más cercana. Las curvas se sucedían, un cruce tras otro, una subida tras otra, fuimos cruzando poblaciones y enlazando comarcas, hasta que una parada para repostar gasolina, dió por terminado el encuentro y cada cual volvió a su domicilio, casualmente en distintas comarcas. En esta ocasión ninguno de los cuatro hicimos ni una sola foto, quizás por miedo a que la lluvia malogrará el teléfono móvil, pero la cuestión es que nadie lo sacó del bolsillo.

Llegué a casa con la humedad metida en el cuerpo, por experiencia sé que por bueno que sea el equipo que lleves, después de circular durante horas bajo un chaparrón, siempre hay algún resquicio por el que se cuela la humedad. No obstante la sonrisa volvía a brillar en mi cara. Poder compartir con amigos esa pasión, que puede incluso con las inclemencias del tiempo, no tiene precio.

DÍA DEL LIBRO EN PAUTRAVELMOTO

Con Paco nos conocíamos de tiempo atrás, de haber coincidido en alguna que otra ruta en moto. Con Pau sólo a través de este invento, fantástico y maquiavélico a la vez, que son las redes sociales. Hasta ahora. Después de varios intentos, infructuosos por motivos de agenda, por fin pudimos conocernos en persona y chocar puños y codos, cosas de la pandemia, y pasar un buen rato charlando, cómo no, de motos y viajes. Pau y Paco junto con David y María, son el alma mater de PauTravelMoto, https://www.pautravelmoto.com, la conocida tienda de alquiler de motos referente en Barcelona. Entre los dos suman kilometrajes y viajes sobre una moto dignos de quitarse el sombrero, con vuelta al mundo incluida.

A nuestra espalda el rincón del viajero.

Además están de estreno, ya que recientemente se han trasladado a un nuevo local más amplio, más céntrico y más acogedor en el eixample barcelonés. En dicho establecimiento, situado en la calle de la Diputació 18 de Barcelona, encontrarás una amplia flota de motos de alquiler, tanto de carretera como de trail, además de un espacio dedicado al viajero, en el que tienen una amplia bibliografía sobre motos, viajes y viajes en moto, para que puedas preparar tu futura ruta de fin de semana, o tu próximo viaje de 3 meses.

Firmando bajo la atenta mirada de Pau.

Precisamente para este espacio literario es para lo que me contactó Pau, pidiéndome un ejemplar de mi libro “Dos ruedas y cuatro continentes”, modesta aportación para tan selecta biblioteca. Con esta premisa me presenté en “la casa del viaje en moto”, para llevarle a Pau el libro que me había pedido y durante la fluida conversación surgió la idea. Puesto que debido a los tiempos que vivimos condicionados por la pandemia, todavía no había podido hacer una presentación del libro, le propuse a Pau la idea de hacerlo en su local el viernes 23 de abril, coincidiendo con el día del libro. A partir de ese momento todo fueron facilidades. 

Un joven lector agradecido.

El día convenido, Sant Jordi, día del libro, estuve en Pau Travel Moto firmando y dedicando ejemplares de mi libro “Dos ruedas y cuatro continentes” y fueron muchos los amigos que se pasaron por allí, a saludar y charlar sobre nuestra locura común de las motos y los viajes.

Amigos contentos con su libro.

La verdad es que Pau y David me hicieron sentir como en mi casa y las dos horas previstas se alargaron, pero mereció la pena. Desde estas líneas os invito a que conozcáis esta tienda, la casa del viaje en moto, seguro que no os defraudarán las instalaciones ni el trato de sus gentes. 

La simpática Honda Monkey también está disponible para alquilar.

APRENDICES DE OVERLANDER

Según Wikipedia, Overlanding consiste en viajar a sitios remotos, utilizando mecanismos de transporte con capacidades todoterreno, donde la principal forma de alojamiento es la acampada, durante periodos prolongados de tiempo y abarcando inclusive lugares más allá de las fronteras internacionales. Pues bien, nada más alejado a esta definición fue lo que nos planteamos hacer tres amigos un miércoles del mes de noviembre.

Se daba la circunstancia que la restauración llevaba semanas cerrada debido a las restricciones por la pandemia, lo cual no nos impidió salir igualmente en moto a recorrer pistas y caminos de los Pirineos. Eso sí, deberíamos llevar con nosotros la vitualla necesaria para el día. En principio hablamos de llevar bocadillos preparados en casa, pero después nos vinimos arriba y decidimos que puesto que la ruta pasaba por un refugio de montaña con barbacoa, nos daríamos un festín de carne a la brasa. Con esta premisa nos encontramos en una gasolinera fuera del área metropolitana de Barcelona, en la que llenamos los depósitos de gasolina de la BMW R9T Scrambler de Pigio, la Triumph Scrambler 1200 de Juan y mi BMW F850GS, y arrancamos juntos hacia las montañas del norte. En poco más de una hora llegamos a Ribes de Freser.

En esta pequeña y atractiva población, al pie de la atractiva carretera frecuentada por multitud de moteros de la Collada de Toses, nos detuvimos para hacer unas compras: agua, pan, un poco de embutido y unos impresionantes entrecotes de ternera de raza Bruna dels Pirineus. Acomodamos la comida comprada en los zurrones de las motos y un momento antes de arrancar de nuevo, pensé que si nuestra intención era encender fuego para cocinar, sería una buena idea llevar con nosotros papel de periódico. No encontramos donde comprar diario alguno y se me ocurrió rebuscar en alguna papelera. Nos tuvimos que conformar con cuatro carteles de papel tirados en la basura y los cargamos también en la moto.

Salimos de Ribes de Freser en dirección a Pardines, pero antes de llegar tomamos un desvío hacia la izquierda, con la intención de recorrer la pista forestal que une Pardines con Tregurà, por el Coll de l’Erola y el Camí de Fontlletera, con la intención de parar a comer en el refugio libre Claus, prácticamente a mitad de camino. Pero se quedó en eso, en la intención. La pista estaba cerrada por obras.

Pista cerrada.

Tuvimos que buscar una alternativa, desandamos el camino y volvimos a bajar a Ribes de Freser, de allí fuimos a Queralbs a buscar la pista que en un recorrido de 11 kilómetros, se eleva por encima de los 2000 metros de altitud hasta el Collado de Fontalba.

El Collado de Fontalba.

Las vistas en la subida por una pista forestal ancha con algún tramo ligeramente roto, fue a ritmo alegre, a ratos iba uno delante, a ratos iba otro, disfrutando del paisaje de alta montaña. En Fontalba nos detuvimos un buen rato admirando el fantástico panorama del Pirineo Oriental.

Impresionantes vistas.

Estando en ese bucólico paraje, recordé que conozco otro lugar en el que también hay un refugio libre con posibilidad de hacer barbacoa, les propuse a mis compañeros acercarnos hasta allí y por supuesto aceptaron.

Refugio de Pla de Prats.

De nuevo bajamos a Ribes de Freser, punto de partida de casi todas las rutas montañeras de la zona, desde allí encaramos otro pequeño valle y subimos hasta Campelles, donde empieza la pista jalonada de abetos que sube al refugio de Pla de Prats. Cuando llegamos al refugio estábamos eufóricos ante la inminente fiesta carnívora que se nos presentaba.

Juan y Pigio intentando prender fuego.

Aparcamos las motos a un lado del camino y dejamos cascos y chaquetas sobre una de las mesas de picnic que hay en la parte exterior del refugio. Acto seguido, con la ilusión dibujada en nuestros rostros, tomamos una sartén que traíamos de casa, junto con los entrecots y fuimos a inspeccionar las barbacoas dispuestas a un lado del pequeño edificio. En las parrillas quedaban restos de carbón de usos anteriores, y a su lado había leña suficiente, así que pusimos tronquitos pequeños y los carteles que cogí en la basura en Ribes, sacamos un mechero y le prendimos fuego, esperando que se hiciera la magia. Pero la magia no llegó. Una y otra vez se apagaba, una y otra vez lo prendíamos. La leña al aire libre estaba húmeda y no había manera. Se encendía produciendo una mínima llama, para minutos después apagarse de nuevo. Así estuvimos un rato, hasta que viendo que nuestra técnica de supervivencia de overlander no daba los resultados esperados, alguien sugirió que había traído un bote de judías.

Ni las judías pudimos calentar.

Con toda la frustración del mundo no nos quedó otra que resignarnos, ya que ni siquiera fuimos capaces de calentar las judías. Repartimos las judías, el pan y un poco de embutido y esa fue nuestra comida campestre. La tarde caía y el frío se iba haciendo presente. Por suerte alguien trajo de casa un termo con café caliente, ese fue el remate a tan exótica comida.

Judías de bote frías y un poco de fuet fue nuestro menú.

Entre risas recogimos los bártulos y empezamos la vuelta a casa, eso sí, buscando el camino con más curvas y más largo posible. Creo que es la vez que he vuelto a casa con más comida de la que salí: un magnífico entrecot de ternera Bruna dels Pirienus. Debo añadir que el entrecot cocinado sobre una encimera eléctrica no sabe igual que sobre brasas de carbón, pero es mucho más seguro para un aprendiz de overlander.

Toca volver a casa, por el camino más largo.

LAS CAFÉ RACER NO SIRVEN PARA VIAJAR

Eso me decían, hasta que salió a relucir mi lado más cabezota y me dije a mí mismo un metafórico “sujétame el cubata”, que es la frase con la que expresamos una innata e inmediata acción de hacer algo llamado al fracaso a todas luces. 

Así pues, espoleado por ese “¿y porqué no?”, amarré un par de alforjas y una bolsa sobre depósito a mi flamante Triumph Thruxton 1200 R y me dispuse a devorar kilómetros. 

¿Que el asiento monoplaza es duro? Sí. ¿Que el espacio de carga es escueto? Vale. ¿Que con mi 1,80 tengo que llevar flexionadas las piernas sobre las estriberas atrasadas? Bueno. ¿Que los seminanillares me obligan a inclinar el cuerpo hacia adelante? De acuerdo. Pero soy un curtido motero/viajero/overlander/devorakilómetros (nótese la ironía) y no hay distancia que me eche para atrás.

Una mañana de primeros de mayo, tras cargar con cuatro mudas, el equipo de lluvia y llenar el depósito, me dirigí a buscar la autopista en dirección a Francia. Sería un viaje sin un objetivo concreto, como me gustan a mí, pero sí con unos sitios determinados que visitar. Me gustaría llegar a Gran Bretaña. Ya veremos. Voy sólo y puedo decidir donde y cuándo parar, como a mí me gusta, así que iré tirando y cuando me canse paro a pasar la noche y seguiré al día siguiente, me dije. Crucé la frontera casi sin enterarme, hice algunas paradas a repostar y beber café. Los kilómetros se sucedían de forma natural. Atravesé el espectacular viaducto de Millau. Venga, un poquito más, me sentía fresco.

El viaducto de Millau al fondo.

Continué empujado por la ilusión del viaje recién empezado. Después de comer ya no estaba tan descansado, pero seguí sin plantearme buscar alojamiento todavía. Un pocos kilómetros más. Hasta que poco a poco, empezaron a molestarme primero el cuello, después los brazos y finalmente las piernas. Acababa de pasar Clermont-Ferrand y llevaba cerca de 700 kilómetros. Pensé, sigo hasta Orleans y voy buscando sitio para dormir.

Parada para repostar.

Después de unos cuántos “un poquito más” mentales, finalmente encontré un alojamiento en Clichy, muy cerca de París. El primer día del viaje me había atizado más de 1000 kilómetros sobre mi maravillosa Triumph café racer. Al bajar de la moto en el motel de carretera, me dolía todo el cuerpo. Me duché, me tumbé en la cama y al poco rato empecé a temblar. Tenía fiebre. Era la respuesta de mi organismo al ataque que le había supuesto la paliza de incomodidad sobre la moto. En ese momento, sin un paracetamol que me bajara la fiebre, debí admitir que ya no era un chaval, y lo que tantas veces había hecho con menos edad, a mis 57 años era un sobre esfuerzo innecesario. Y me juré que el resto del viaje me lo tomaría con más calma.

Eso sí, a la mañana siguiente me sentía totalmente descansado y con ansias renovadas de moto. Un frugal desayuno y de nuevo me lancé en dirección norte, hacia las costas de Normandía. En poco más de 4 horas recorrí los 300 kilómetros que me separaban de Calais, aparqué la moto en la cola de embarque y compré el pasaje que me llevaría a la Gran Bretaña

Esperando para embarcar.

Las colas para embarcar siempre son un buen lugar para conocer y hablar con viajeros, aunque de momento soy el único motorista, hago buenas migas con unos cuantos british, que viajan en automóvil o en autocaravana. Más tarde llegaron una pareja en otra moto.

La espera pasó de forma más o menos amena y al poco tiempo dejaba la moto aparcada en la bodega del barco, durante las 2 horas que duraría la travesía. Una vez abordo me pude relajar y aproveché para hablar con mi mujer y ponernos al corriente, siempre que viajo me gusta estar en contacto con ella. Después contacté con mis hijas y me contaron que casualmente, iban a estar unos días de vacaciones en Londres, con un poco de suerte podríamos coincidir y vernos.

La Thruxton 1200 R amarrada en la bodega.

En este punto te voy a dar una información de servicio: en el ferry que cruza el Canal de la Mancha hay máquinas expendedoras de cambio, en las que puedes cambiar euros por libras esterlinas y viceversa. 

Máquina de cambio a bordo.

Al descender del barco en Dover, los trámites de aduana e inmediatamente máxima atención para incorporarme a la conducción por la izquierda, sobre todo en las intersecciones y rotondas, so pena de comerme el frontal de algún Rover,Morgan o Jaguar

Me dirigí en busca de la M1, rodeando el gran Londres. Más hacia el norte, paradita en un hotel en ruta, donde un sueño reparador, seguido de un buen “british breakfast”, me dejó listo para proseguir la ruta hacia las Midlands británicas.

Full british breakfast.

Llegué hasta Hinckley, concretamente a la factoría de las motocicletas Triumph, de donde salió la mismísima Thruxton 1200 R que me llevó hasta allí. Aparqué mi café racer en el amplio aparcamiento y dediqué el resto de la mañana a recorrer el museo de esta emblemática marca de motos. Pero la narración de la visita al museo te la contaré en otra ocasión.

Triumph factory visitor experience.

Tras explayarme en la sede de Triumph, regresé sobre el camino recorrido y me planté en el centro de Londres. En otra conversación con mis hijas me hicieron saber que ya estaban en la City, con lo que planeamos encontrarnos al día siguiente en Camden Town

El domingo amaneció espléndidamente soleado y me di un paseíto matinal por Notting Hill y la zona del mercadillo de Portobello. Después me desplacé a Camden Town, donde por fin, me encontré con mis hijas, después de meses sin vernos. Con ellas las risas y el cariño fluye en cada conversación. Las dos horas con Laura y Míriam, bajo un agradable sol de mayo en la terraza de Camden Town pasaron volando.

Encuentro con Míriam y Laura en Camden Town.

Por la tarde, como cada vez que visito Londres, no pudo faltar la visita al Ace Café, donde mi café racer se sentía en su ambiente, aparcada en el parking del famoso bar motero.

Después de unos días en la capital británica empecé el viaje de regreso, pero esta vez me disponía a cruzar el canal por otro punto.

Madeira Drive de Brighton.

Una hora y media me bastó para llegar a la playa de Brighton, a poco más de 100 kilómetros del centro de LondresBrighton es un destino turístico de playa muy frecuentado por visitantes británicos, que se hizo tristemente famoso por los enfrentamientos a palos entre los mods y rockers de 1964.

Ambiente mod en Brighton.

Los hechos de Brighton ’64 inspiraron la película Quadrophenia en 1979, una de las películas fundamentales en la historia del rock. Todavía hoy en día se respira un cierto aire mod en los bares, tiendas y calles de Brighton, especialmente en Madeira Drive, su espectacular paseo marítimo. 

Digna de Quadrophenia.
Dejo Brighton tras de mí y me dirijo a Newhaven.
Espectaculares acantilados.

Una buena ración de fish & chips me sirvió de despedida de esta bonita de población costera. Y precisamente siguiendo la costa y sus impresionantes acantilados, llegué hasta Newhaven, y compré un billete para el último ferry del día. La travesía hasta Francia me llevó en 4 horas a Dieppe, ya entrada la noche. A medianoche encontré alojamiento en un sencillo hotel.

La lluvia me acompañó el resto del viaje.

La mañana siguiente amaneció lluviosa en Dieppe, lo que me obligó a equiparme con el traje de lluvia, traje que ya no pude quitarme hasta llegar a casa. Así transcurrió mi travesía durante 2 días por Francia de vuelta a casa. Lluvia, lluvia y más lluvia. Paradas a repostar, paradas a comer, paradas a dormir, siempre con la lluvia como protagonista.

Reportaje bajo la lluvia.

Aún así, con tantos kilómetros bajo la lluvia a los mandos de mi café racer, llegué a casa cansado pero con una sonrisa dibujada en mi rostro y pensando que sí, que las café racer sí que sirven para viajar. De hecho siempre he pensado que se puede viajar con cualquier moto, todo depende del tiempo del que dispongas para hacer ese viaje y de la capacidad de sacrificio que estés dispuesto a asumir.

Sea como sea, no dejes de viajar.

Nunca dejes de viajar.

SAD HILL CEMETERY

Aunque soy un amante del cine, no soy fan de los Western, o como los llamábamos en mi juventud, del Oeste, o de Indios y vaqueros. Sin embargo hay algunas películas de este género cinematográfico que siempre figurarán entre mis preferidas, seguramente porque me recuerda a mi infancia y me transportan a aquellas sesiones dobles de cine, en compañía de mi padre y mi hermano Jordi, en mi Barcelona natal. 

Muchas de ellas con el paso del tiempo llegaron a engrosar las filas de lo que hoy conocemos como clásicos del séptimo arte. El binomio formado por el director Sergio Leone y el músico Ennio Morricone, amigos de la infancia, por cierto, nos ha dejado memorables films del subgénero denominado Espagueti Western. A mi entender, (espero no herir tu sensibilidad si eres un apasionado cinéfilo) destaca una: El bueno, el feo y el malo, con el título original Il buono, il brutto, il cattivo.

Los Valles Pasiegos

No sabría decirte cuantas veces he visto esta película, pero son muchas. Por eso me llamó inmediatamente la atención, cuando una conocida plataforma de contenido audiovisual que empieza por N y acaba por flix, anunció un documental titulado Desenterrando Sad Hill, el cual vi en cuanto se estrenó. Y me encantó.

El visionado del documental, que aprovecho para recomendarte, tanto si eres fan de Clint Eastwood, como de las películas del oeste, sembró en mí la semilla de la curiosidad. Los detalles de la construcción de las localizaciones de la película en 1966, la implicación de las gentes de la provincia de Burgos, donde se llevó a cabo buena parte del rodaje, los lazos y anécdotas que explican los descendientes de quienes trabajaron de una u otra forma en aquella producción y todo lo que se cuenta en ese reportaje, hizo que quisiera conocerlo en persona. Ese deseo quedó sumido en el saco de deseos que acarreo siempre conmigo.

En Contreras sale una pista hasta Sad Hill

Pero un buen día estando de ruta por Donostia, en una de esas rutas que a mí me gustan, en las que conoces el día que sales, pero no sabes hacia donde irás, ni cuando volverás a casa, de pronto afloró de nuevo ese deseo. Total, desde la capital guipuzcoana apenas me separaban 280 kilómetros, ¡nada!

Por la mañana temprano, salí de Donostia hacia Burgos, pero antes me desvié un poco para recorrer los valles Pasiegos, una zona que me encanta, y siempre que paso “más o menos” cerca, me gusta comerme en quesada en Vega de Pas.

Bajo un sol de justicia

Desde allí, tras cruzar el espectacular puerto de Las Estacas de Trueba, enfilé la rueda delantera en dirección a Burgos, concretamente a la población de Contreras.

Del centro de esta pequeña población parte una pista de tierra, practicable para cualquier vehículo, que en poco más de 3 kilómetros llega al paraje del cementerio de Sad Hill. También se puede acceder desde Santo Domingo de Silos, en cuyo caso la pista de tierra es un poco más larga, unos 5 kilómetros, pero según me han dicho, con mejores vistas ya que su recorrido es más elevado.

El camposanto ficticio

Era un día laborable del mes de septiembre a primera hora de la tarde y hacía mucho calor, seguramente por eso, tuve la fortuna de no encontrar a nadie en el sitio. Bueno, para ser exactos diré que cuando yo llegué, me crucé con una pareja que abandonaban el lugar en coche.

Al bajarme de la moto enmudecí. Ante mi vista el escenario auténtico de un mito del cine de mi juventud. Me impresionó.

Clint Eastwood me vigila

Estuve paseando a mis anchas bajo un sol de justicia y haciendo fotos a diestro y siniestro. La silueta omnipresente de Clint, las cruces del cementerio ficticio, el árbol del ahorcado, las lápidas con los nombres escritos con brocha gorda. Por unos instantes me sentí dentro de la película, aunque no estoy seguro de si yo era el bueno, el feo o el malo.