PIC NEGRE

La noticia cayó como un mazazo en los distintos grupos de whatsapp en los que suelo participar, el titular decía: “Se prohibirá el acceso rodado al Pic Negre y toda la Vall de Madriu”, después seguía el desarrollo de la misma, explicando que el Govern d’Andorra ya había aprobado una ley al respecto y que entraría en vigor, en cuanto se publicara en el Boletín Oficial de Andorra a mediados de junio.

El desaliento fue el sentimiento generalizado, tanto para los que conocían aquellos parajes, como para los que como yo, nunca habíamos estado.

Y es que la ascensión a los más de 2630 metros de altitud del Pic Negre, es un “must”, un hito a alcanzar para todos los moteros que nos gusta cambiar de vez en cuando el negro asfalto por la tierra marrón.

Ya me había hecho a la idea de que no llegaría a conocer la famosa Volkswagen T1 que dejaron cerca de su cima, remolcada por un Jeep Willys en la década de los 70, cuando me llegó un mensaje de audio de mi amigo Jaume, en el que me proponía buscar un par de días entre semana y hacer una escapada al Pic Negre, antes de que lo cerraran.

Inmediatamente le respondí afirmativamente y le agradecí que pensara en mí para acompañarle.

Su idea era hacer una ruta off road de dos días, saliendo el primer día desde su casa en el Maresme, hacer noche en la Cerdanya y al día siguiente ascender al Pic Negre. Por mi parte hice extensiva la propuesta a mi amigo Pigio, quien rápidamente se apuntó a la salida.

Finalmente yo no pude dedicarle dos días a la ruta, con lo que saldría directamente por carretera hasta el punto de encuentro en la Cerdanya.

Las 3 BMW nos esperan

El martes 1 de junio, tras 160 km de autopista llegamos Pigio y yo a desayunar al Hotel Moixeró del municipio de Prats i Sansor, en el corazón de la Cerdanya, donde había pernoctado Jaume, después de darse un buen tute de pistas el día anterior. En ese punto iniciamos la ruta los tres juntos con nuestras tres BMW: Jaume con su G650X, Pigio con su R9T Scrambler y yo con mi F850GS. 

Un corto recorrido de apenas 10 km por la N260, también conocida como Eje Pirenaico, nos llevó hasta Prullans, de donde partía en subida una estrecha y sinuosa carretera de montaña. Este tramo nos hizo ganar altura sobre la Cerdanya y nos ofreció unas buenas vistas de la Serra del Cadí en los 24 km hasta llegar al refugio del Cap del Rec.

En este refugio situado en la estación de esquí y montaña de Lles de Cerdanya, es donde acaba el asfalto y empieza la diversión del track. En cuanto nos metemos en “faena” percibo la rueda trasera de mi moto muy rebotona y la delantera un poco errática. Llevo demasiada presión de aire, adecuada para carretera pero excesiva para off road. Parada rápida para deshinchar ligeramente y seguimos. 

Mucho mejor ahora, siento la moto más aplomada, dentro de la poca adherencia de la tierra, claro. Siempre que preveo circular por pistas llevo en la moto un kit de reparación de pinchazos y un compresor de viaje, de esta forma cuando volvamos a pisar lo negro, podré hinchar de nuevo los neumáticos. 

Circulo delante de la comitiva, con el track de una conocida aplicación en el móvil, sujeto al manillar. A pesar de que voy consultando a menudo si vamos por el camino correcto, probablemente debido a mi poca habilidad, me confundo en algún cruce, teniendo que desandar un trozo. Previendo que entraremos en Andorra y que este país no tiene acuerdo de roaming de telefonía móvil, hemos puesto los móviles en modo “avión”, para evitar sustos en la factura, ya que las tarifas de datos son muy caras en el país de los Pirineos. Por suerte la aplicación que utilizamos para guiarnos funciona mediante comunicación vía satélite, no vía internet. Avanzamos en clara ascensión, pasando al lado de los refugios de Pradell primero, y de Font de les Pollineres después. Llegamos al refugio Prat Miró y paramos a hidratarnos, fundamental para mantenerse en buena condición física cuando la conducción es más exigente. En este punto hay que tomar el desvío de la derecha, el de la izquierda nos llevaría de bajada a la estación de esquí de Aransa.

Refugio Prat i Miró

Proseguimos nuestra subida cruzando bosques de abetos, encontramos algún tramo roto, con surcos formados por el agua, pero sin ninguna dificultad. 

En un par de ocasiones más paramos a descansar y rehidratarnos con gel energético, y es que llevamos casi dos horas de pista y hay que controlar la fatiga. Es muy importante beber antes de tener sed y descansar antes de estar extenuado.

Un corto descanso

Sin darnos cuenta hemos entrado en Andorra, aquí no hay fronteras visuales que lo indiquen, a medida que vamos ganando altitud la vegetación va disminuyendo y las vistas van aumentando en espectacularidad. Hacemos otra parada para tomar fotos cuando nos alcanzan dos moteros, nos saludan, se detienen a nuestro lado y nos preguntan si vamos al Pic Negre, les contestamos afirmativamente y nos dicen que son de Málaga y que están haciendo la transpirenaica, que también van al Pic Negre y ya nos veremos allá arriba. Aunque el pronóstico del tiempo no era bueno, de momento se mantiene estable pero con el cielo encapotado, al menos no sufrimos demasiado calor.

La pista llega a un punto en el que se cruzan varios caminos, por el de la izquierda descenderíamos hacia Naturlandia, tomamos el de la derecha, que desciende ligeramente por una vertiente de piedras sueltas y después vuelve a subir decididamente.

Aquí el paisaje cambia radicalmente. La única vegetación que hay es un inmenso manto verde que cubre a lado y lado del marcado camino de tierra que se enfila hacia la tierra negra de la cumbre del mismo nombre.

Las subidas se suceden, hay que dosificar el esfuerzo para las cuestas finales, que según nos han informado, son las más largas de la salida. Poco a poco, a medida que ascendemos, el paisaje se va transformando, se vuelve casi de otro mundo, si no fuera por la hierba que se extiende junto a las rocas negras, se diría que estamos circulando por otro planeta. 

En la cumbre del Pic Negre

Voy en segunda velocidad de pie sobre los estribos, subiendo una cuesta impresionante con alguna que otra piedra suelta que hace cambiar bruscamente la dirección de la moto. Tengo que estar muy atento a la conducción pero a la vez intento relajar los brazos, con síntomas de agarrotamiento, la cuesta se pone más empinada y me obliga a reducir a primera velocidad. Veo el final de la cuesta y me pregunto si al superarla veré ya la cumbre. Intento aprovechar la inercia que llevo y mantener una velocidad constante manteniendo la mirada muy adelantada. Llego al final del repecho y no, no se ve la cumbre, era sólo un repecho. Unos cuantos repechos y unas cuantas largas subidas más se sucedieron, hasta que por fin, vislumbré a lo lejos a los dos malagueños con sus Triumph Tiger 900 aparcadas, en lo que debía ser la cumbre. 

Al aparcar a su lado me sentía eufórico por haber llegado, como si hubiera cumplido un sueño impensable apenas una semana antes. Un intercambio de palabras alegres con los chicos y nos tomamos fotos mientras espero que lleguen mis compañeros. Veo a Pigio que se aproxima, llega hasta donde estamos y se baja de la moto sonriente. Nos felicitamos y de nuevo fotos y vídeos. El altímetro del móvil señala 2630 msnm. Los chicos de Málaga dicen que se van hasta la Volkswagen, nosotros esperaremos a que llegue Jaume. Lo hace un ratito después y nos explica que ha tenido un problema con la bolsa que llevaba atada en la trasera de su moto, y que se ha detenido para atarla bien. 

Objetivo logrado
La satisfacción de la cumbre

La euforia y alegría se contagia entre los tres, aunque las nubes cada vez hacen más acto de presencia y la temperatura está bajando. De nuevo arrancamos las motos y descendemos ligeramente para tomar el camino que va a la famosa furgoneta. Voy delante del trío, intentando seguir el track, pero hay multitud de caminos que parecer llevar al mismo sitio. En un momento dado me desvío claramente del track hacia la izquierda, convencido de que llegaré al mismo sitio. El camino se complica mucho, subo una fuerte cuesta y estando en lo alto veo la furgoneta a lo lejos y los malagueños a su lado. Espero que mis compañeros no me hayan seguido, me sentiría culpable de haberles metido por la peor trazada hasta la VW T1. Recobro un poco el resuello y veo a mis compañeros que, por suerte para ellos, han seguido la pista buena y están llegando a la furgo.

La rueda hundida en la nieve

Prosigo y el camino en el que estoy desciende fuertemente y atraviesa una pequeña vaguada, ahora cubierta de restos de nieve. La parte baja que debo cruzar está cubierta por una lengua de nieve de unos diez metros de ancho, que limita con una empinadísima subida, por la cual tengo que subir. –No pasa nada Carles, –pienso para mí. Intento coger velocidad para aprovechar la inercia y me sea fácil subir, pero en cuanto la rueda delantera toca la nieve, empieza a bailar a izquierda y derecha. Pie en el suelo controlando el manillar y sin cortar gas, atravieso con éxito (o sea sin caerme) los diez metros de la pista de patinaje que forma la nieve hasta que encaro la brusca subida. En este punto es donde la moto dice que no, que ella no piensa subir así como así. Acelero y lo único que consigo es que la rueda trasera se hunda en la nieve mientras la delantera se apoya en la tierra cuesta arriba. Intento conservar la calma, estudio la situación y me alejo de la moto, clavada en la nieve, en busca de piedras para colocar bajo la rueda trasera que ayuden a traccionar. Encuentro una que puede servir, inclino la moto hacia un lado, pongo la piedra justo donde sobresale el neumático de la nieve y vuelvo a probar, primera y empujando con las piernas. No hay manera. Llevo los TKC 70 tan gastados que, húmedos por la nieve, no hacen más que resbalar sobre la piedra que he puesto. Yo sólo no podré sacarla del atolladero, necesito ayuda. El frío aumenta y está empezando a nevar. Me alejo de la moto remontando un poco la cuesta para situarme en un punto que mis compañeros que están junto al furgón me vean. Les grito agitando los brazos pero, estamos tan alejados que no me oyen. Veo a los dos chicos de Málaga que empiezan el descenso y dirijo mis gestos y gritos hacia ellos. El que va delante no me ve, pero el que le sigue sí que me ve y se desvía de su trazada para aproximarse. Cuando ya está cerca de mí le hago señales para que no avance más, o tendremos dos motos encalladas en el mismo punto. Subo andando, le explico la situación y entre los dos volvemos a probar. Esta vez, acelerando la moto, con la fuerza de cuatro brazos y cuatro piernas, conseguimos mover los 230 kg de mi moto lo suficiente para que deje la nieve atrás y vuelva a la adherencia relativa de la tierra mojada. Con un apretón de manos y deseándonos suerte, nos despedimos con el motero salvador ¡Amigo malagueño que andabas por el Pic Negre el día 1 de junio, te estaré eternamente agradecido!

La famosa Volkswagen T1

Por fin me reúno con mis amigos junto a la Volkswagen y les explico lo sucedido. Mientras hacemos fotos y ponemos la pegatina de rigor en los restos oxidados de la furgo, saco unas barritas energéticas y las repartimos, es el momento de coger nuevas energías para el largo descenso, además son más las 13:00 y hay hambre.

Cuando empezamos la bajada ha dejado de nevar, pero sobre nuestros cascos el cielo sigue cubierto con nubes negras. El cansancio es el enemigo en estas bajadas tan largas y con piedras sueltas, así que tenemos que extremar las precauciones. Llegamos al punto en que el camino por el que hemos venido se cruza con el que desciende hacia la otra vertiente, lo tomamos y en pocos minutos de acusado descenso con grava y roca suelta llegamos a Naturlandia y la seguridad del asfalto. Felices chocamos los puños en señal de jubiloso triunfo y nos felicitamos. Vamos a buscar algún sitio para comer. Lo hacemos ya fuera de Andorra, en un bar de carretera de La Seu d’Urgell reponemos fuerzas antes de proseguir la vuelta a casa por carretera. El trayecto hasta casa fue un auténtico diluvio pero no nos importaba, estábamos satisfechos por haber logrado subir y bajar los 2630 m del Pic Negre sin incidentes destacables.

Posteriormente me ha llegado una información en el sentido de que parece ser que la restricción de acceso rodado sólo afectará a la Vall de Madriu y que las pistas que llevan al Pic Negre seguirán como hasta ahora. En todo caso, yo ya lo llevo en la saca: una deseo más tachado de mi lista.

DÍA DEL LIBRO EN PAUTRAVELMOTO

Con Paco nos conocíamos de tiempo atrás, de haber coincidido en alguna que otra ruta en moto. Con Pau sólo a través de este invento, fantástico y maquiavélico a la vez, que son las redes sociales. Hasta ahora. Después de varios intentos, infructuosos por motivos de agenda, por fin pudimos conocernos en persona y chocar puños y codos, cosas de la pandemia, y pasar un buen rato charlando, cómo no, de motos y viajes. Pau y Paco junto con David y María, son el alma mater de PauTravelMoto, https://www.pautravelmoto.com, la conocida tienda de alquiler de motos referente en Barcelona. Entre los dos suman kilometrajes y viajes sobre una moto dignos de quitarse el sombrero, con vuelta al mundo incluida.

A nuestra espalda el rincón del viajero.

Además están de estreno, ya que recientemente se han trasladado a un nuevo local más amplio, más céntrico y más acogedor en el eixample barcelonés. En dicho establecimiento, situado en la calle de la Diputació 18 de Barcelona, encontrarás una amplia flota de motos de alquiler, tanto de carretera como de trail, además de un espacio dedicado al viajero, en el que tienen una amplia bibliografía sobre motos, viajes y viajes en moto, para que puedas preparar tu futura ruta de fin de semana, o tu próximo viaje de 3 meses.

Firmando bajo la atenta mirada de Pau.

Precisamente para este espacio literario es para lo que me contactó Pau, pidiéndome un ejemplar de mi libro “Dos ruedas y cuatro continentes”, modesta aportación para tan selecta biblioteca. Con esta premisa me presenté en “la casa del viaje en moto”, para llevarle a Pau el libro que me había pedido y durante la fluida conversación surgió la idea. Puesto que debido a los tiempos que vivimos condicionados por la pandemia, todavía no había podido hacer una presentación del libro, le propuse a Pau la idea de hacerlo en su local el viernes 23 de abril, coincidiendo con el día del libro. A partir de ese momento todo fueron facilidades. 

Un joven lector agradecido.

El día convenido, Sant Jordi, día del libro, estuve en Pau Travel Moto firmando y dedicando ejemplares de mi libro “Dos ruedas y cuatro continentes” y fueron muchos los amigos que se pasaron por allí, a saludar y charlar sobre nuestra locura común de las motos y los viajes.

Amigos contentos con su libro.

La verdad es que Pau y David me hicieron sentir como en mi casa y las dos horas previstas se alargaron, pero mereció la pena. Desde estas líneas os invito a que conozcáis esta tienda, la casa del viaje en moto, seguro que no os defraudarán las instalaciones ni el trato de sus gentes. 

La simpática Honda Monkey también está disponible para alquilar.

APRENDICES DE OVERLANDER

Según Wikipedia, Overlanding consiste en viajar a sitios remotos, utilizando mecanismos de transporte con capacidades todoterreno, donde la principal forma de alojamiento es la acampada, durante periodos prolongados de tiempo y abarcando inclusive lugares más allá de las fronteras internacionales. Pues bien, nada más alejado a esta definición fue lo que nos planteamos hacer tres amigos un miércoles del mes de noviembre.

Se daba la circunstancia que la restauración llevaba semanas cerrada debido a las restricciones por la pandemia, lo cual no nos impidió salir igualmente en moto a recorrer pistas y caminos de los Pirineos. Eso sí, deberíamos llevar con nosotros la vitualla necesaria para el día. En principio hablamos de llevar bocadillos preparados en casa, pero después nos vinimos arriba y decidimos que puesto que la ruta pasaba por un refugio de montaña con barbacoa, nos daríamos un festín de carne a la brasa. Con esta premisa nos encontramos en una gasolinera fuera del área metropolitana de Barcelona, en la que llenamos los depósitos de gasolina de la BMW R9T Scrambler de Pigio, la Triumph Scrambler 1200 de Juan y mi BMW F850GS, y arrancamos juntos hacia las montañas del norte. En poco más de una hora llegamos a Ribes de Freser.

En esta pequeña y atractiva población, al pie de la atractiva carretera frecuentada por multitud de moteros de la Collada de Toses, nos detuvimos para hacer unas compras: agua, pan, un poco de embutido y unos impresionantes entrecotes de ternera de raza Bruna dels Pirineus. Acomodamos la comida comprada en los zurrones de las motos y un momento antes de arrancar de nuevo, pensé que si nuestra intención era encender fuego para cocinar, sería una buena idea llevar con nosotros papel de periódico. No encontramos donde comprar diario alguno y se me ocurrió rebuscar en alguna papelera. Nos tuvimos que conformar con cuatro carteles de papel tirados en la basura y los cargamos también en la moto.

Salimos de Ribes de Freser en dirección a Pardines, pero antes de llegar tomamos un desvío hacia la izquierda, con la intención de recorrer la pista forestal que une Pardines con Tregurà, por el Coll de l’Erola y el Camí de Fontlletera, con la intención de parar a comer en el refugio libre Claus, prácticamente a mitad de camino. Pero se quedó en eso, en la intención. La pista estaba cerrada por obras.

Pista cerrada.

Tuvimos que buscar una alternativa, desandamos el camino y volvimos a bajar a Ribes de Freser, de allí fuimos a Queralbs a buscar la pista que en un recorrido de 11 kilómetros, se eleva por encima de los 2000 metros de altitud hasta el Collado de Fontalba.

El Collado de Fontalba.

Las vistas en la subida por una pista forestal ancha con algún tramo ligeramente roto, fue a ritmo alegre, a ratos iba uno delante, a ratos iba otro, disfrutando del paisaje de alta montaña. En Fontalba nos detuvimos un buen rato admirando el fantástico panorama del Pirineo Oriental.

Impresionantes vistas.

Estando en ese bucólico paraje, recordé que conozco otro lugar en el que también hay un refugio libre con posibilidad de hacer barbacoa, les propuse a mis compañeros acercarnos hasta allí y por supuesto aceptaron.

Refugio de Pla de Prats.

De nuevo bajamos a Ribes de Freser, punto de partida de casi todas las rutas montañeras de la zona, desde allí encaramos otro pequeño valle y subimos hasta Campelles, donde empieza la pista jalonada de abetos que sube al refugio de Pla de Prats. Cuando llegamos al refugio estábamos eufóricos ante la inminente fiesta carnívora que se nos presentaba.

Juan y Pigio intentando prender fuego.

Aparcamos las motos a un lado del camino y dejamos cascos y chaquetas sobre una de las mesas de picnic que hay en la parte exterior del refugio. Acto seguido, con la ilusión dibujada en nuestros rostros, tomamos una sartén que traíamos de casa, junto con los entrecots y fuimos a inspeccionar las barbacoas dispuestas a un lado del pequeño edificio. En las parrillas quedaban restos de carbón de usos anteriores, y a su lado había leña suficiente, así que pusimos tronquitos pequeños y los carteles que cogí en la basura en Ribes, sacamos un mechero y le prendimos fuego, esperando que se hiciera la magia. Pero la magia no llegó. Una y otra vez se apagaba, una y otra vez lo prendíamos. La leña al aire libre estaba húmeda y no había manera. Se encendía produciendo una mínima llama, para minutos después apagarse de nuevo. Así estuvimos un rato, hasta que viendo que nuestra técnica de supervivencia de overlander no daba los resultados esperados, alguien sugirió que había traído un bote de judías.

Ni las judías pudimos calentar.

Con toda la frustración del mundo no nos quedó otra que resignarnos, ya que ni siquiera fuimos capaces de calentar las judías. Repartimos las judías, el pan y un poco de embutido y esa fue nuestra comida campestre. La tarde caía y el frío se iba haciendo presente. Por suerte alguien trajo de casa un termo con café caliente, ese fue el remate a tan exótica comida.

Judías de bote frías y un poco de fuet fue nuestro menú.

Entre risas recogimos los bártulos y empezamos la vuelta a casa, eso sí, buscando el camino con más curvas y más largo posible. Creo que es la vez que he vuelto a casa con más comida de la que salí: un magnífico entrecot de ternera Bruna dels Pirienus. Debo añadir que el entrecot cocinado sobre una encimera eléctrica no sabe igual que sobre brasas de carbón, pero es mucho más seguro para un aprendiz de overlander.

Toca volver a casa, por el camino más largo.

LAS CAFÉ RACER NO SIRVEN PARA VIAJAR

Eso me decían, hasta que salió a relucir mi lado más cabezota y me dije a mí mismo un metafórico “sujétame el cubata”, que es la frase con la que expresamos una innata e inmediata acción de hacer algo llamado al fracaso a todas luces. 

Así pues, espoleado por ese “¿y porqué no?”, amarré un par de alforjas y una bolsa sobre depósito a mi flamante Triumph Thruxton 1200 R y me dispuse a devorar kilómetros. 

¿Que el asiento monoplaza es duro? Sí. ¿Que el espacio de carga es escueto? Vale. ¿Que con mi 1,80 tengo que llevar flexionadas las piernas sobre las estriberas atrasadas? Bueno. ¿Que los seminanillares me obligan a inclinar el cuerpo hacia adelante? De acuerdo. Pero soy un curtido motero/viajero/overlander/devorakilómetros (nótese la ironía) y no hay distancia que me eche para atrás.

Una mañana de primeros de mayo, tras cargar con cuatro mudas, el equipo de lluvia y llenar el depósito, me dirigí a buscar la autopista en dirección a Francia. Sería un viaje sin un objetivo concreto, como me gustan a mí, pero sí con unos sitios determinados que visitar. Me gustaría llegar a Gran Bretaña. Ya veremos. Voy sólo y puedo decidir donde y cuándo parar, como a mí me gusta, así que iré tirando y cuando me canse paro a pasar la noche y seguiré al día siguiente, me dije. Crucé la frontera casi sin enterarme, hice algunas paradas a repostar y beber café. Los kilómetros se sucedían de forma natural. Atravesé el espectacular viaducto de Millau. Venga, un poquito más, me sentía fresco.

El viaducto de Millau al fondo.

Continué empujado por la ilusión del viaje recién empezado. Después de comer ya no estaba tan descansado, pero seguí sin plantearme buscar alojamiento todavía. Un pocos kilómetros más. Hasta que poco a poco, empezaron a molestarme primero el cuello, después los brazos y finalmente las piernas. Acababa de pasar Clermont-Ferrand y llevaba cerca de 700 kilómetros. Pensé, sigo hasta Orleans y voy buscando sitio para dormir.

Parada para repostar.

Después de unos cuántos “un poquito más” mentales, finalmente encontré un alojamiento en Clichy, muy cerca de París. El primer día del viaje me había atizado más de 1000 kilómetros sobre mi maravillosa Triumph café racer. Al bajar de la moto en el motel de carretera, me dolía todo el cuerpo. Me duché, me tumbé en la cama y al poco rato empecé a temblar. Tenía fiebre. Era la respuesta de mi organismo al ataque que le había supuesto la paliza de incomodidad sobre la moto. En ese momento, sin un paracetamol que me bajara la fiebre, debí admitir que ya no era un chaval, y lo que tantas veces había hecho con menos edad, a mis 57 años era un sobre esfuerzo innecesario. Y me juré que el resto del viaje me lo tomaría con más calma.

Eso sí, a la mañana siguiente me sentía totalmente descansado y con ansias renovadas de moto. Un frugal desayuno y de nuevo me lancé en dirección norte, hacia las costas de Normandía. En poco más de 4 horas recorrí los 300 kilómetros que me separaban de Calais, aparqué la moto en la cola de embarque y compré el pasaje que me llevaría a la Gran Bretaña

Esperando para embarcar.

Las colas para embarcar siempre son un buen lugar para conocer y hablar con viajeros, aunque de momento soy el único motorista, hago buenas migas con unos cuantos british, que viajan en automóvil o en autocaravana. Más tarde llegaron una pareja en otra moto.

La espera pasó de forma más o menos amena y al poco tiempo dejaba la moto aparcada en la bodega del barco, durante las 2 horas que duraría la travesía. Una vez abordo me pude relajar y aproveché para hablar con mi mujer y ponernos al corriente, siempre que viajo me gusta estar en contacto con ella. Después contacté con mis hijas y me contaron que casualmente, iban a estar unos días de vacaciones en Londres, con un poco de suerte podríamos coincidir y vernos.

La Thruxton 1200 R amarrada en la bodega.

En este punto te voy a dar una información de servicio: en el ferry que cruza el Canal de la Mancha hay máquinas expendedoras de cambio, en las que puedes cambiar euros por libras esterlinas y viceversa. 

Máquina de cambio a bordo.

Al descender del barco en Dover, los trámites de aduana e inmediatamente máxima atención para incorporarme a la conducción por la izquierda, sobre todo en las intersecciones y rotondas, so pena de comerme el frontal de algún Rover,Morgan o Jaguar

Me dirigí en busca de la M1, rodeando el gran Londres. Más hacia el norte, paradita en un hotel en ruta, donde un sueño reparador, seguido de un buen “british breakfast”, me dejó listo para proseguir la ruta hacia las Midlands británicas.

Full british breakfast.

Llegué hasta Hinckley, concretamente a la factoría de las motocicletas Triumph, de donde salió la mismísima Thruxton 1200 R que me llevó hasta allí. Aparqué mi café racer en el amplio aparcamiento y dediqué el resto de la mañana a recorrer el museo de esta emblemática marca de motos. Pero la narración de la visita al museo te la contaré en otra ocasión.

Triumph factory visitor experience.

Tras explayarme en la sede de Triumph, regresé sobre el camino recorrido y me planté en el centro de Londres. En otra conversación con mis hijas me hicieron saber que ya estaban en la City, con lo que planeamos encontrarnos al día siguiente en Camden Town

El domingo amaneció espléndidamente soleado y me di un paseíto matinal por Notting Hill y la zona del mercadillo de Portobello. Después me desplacé a Camden Town, donde por fin, me encontré con mis hijas, después de meses sin vernos. Con ellas las risas y el cariño fluye en cada conversación. Las dos horas con Laura y Míriam, bajo un agradable sol de mayo en la terraza de Camden Town pasaron volando.

Encuentro con Míriam y Laura en Camden Town.

Por la tarde, como cada vez que visito Londres, no pudo faltar la visita al Ace Café, donde mi café racer se sentía en su ambiente, aparcada en el parking del famoso bar motero.

Después de unos días en la capital británica empecé el viaje de regreso, pero esta vez me disponía a cruzar el canal por otro punto.

Madeira Drive de Brighton.

Una hora y media me bastó para llegar a la playa de Brighton, a poco más de 100 kilómetros del centro de LondresBrighton es un destino turístico de playa muy frecuentado por visitantes británicos, que se hizo tristemente famoso por los enfrentamientos a palos entre los mods y rockers de 1964.

Ambiente mod en Brighton.

Los hechos de Brighton ’64 inspiraron la película Quadrophenia en 1979, una de las películas fundamentales en la historia del rock. Todavía hoy en día se respira un cierto aire mod en los bares, tiendas y calles de Brighton, especialmente en Madeira Drive, su espectacular paseo marítimo. 

Digna de Quadrophenia.
Dejo Brighton tras de mí y me dirijo a Newhaven.
Espectaculares acantilados.

Una buena ración de fish & chips me sirvió de despedida de esta bonita de población costera. Y precisamente siguiendo la costa y sus impresionantes acantilados, llegué hasta Newhaven, y compré un billete para el último ferry del día. La travesía hasta Francia me llevó en 4 horas a Dieppe, ya entrada la noche. A medianoche encontré alojamiento en un sencillo hotel.

La lluvia me acompañó el resto del viaje.

La mañana siguiente amaneció lluviosa en Dieppe, lo que me obligó a equiparme con el traje de lluvia, traje que ya no pude quitarme hasta llegar a casa. Así transcurrió mi travesía durante 2 días por Francia de vuelta a casa. Lluvia, lluvia y más lluvia. Paradas a repostar, paradas a comer, paradas a dormir, siempre con la lluvia como protagonista.

Reportaje bajo la lluvia.

Aún así, con tantos kilómetros bajo la lluvia a los mandos de mi café racer, llegué a casa cansado pero con una sonrisa dibujada en mi rostro y pensando que sí, que las café racer sí que sirven para viajar. De hecho siempre he pensado que se puede viajar con cualquier moto, todo depende del tiempo del que dispongas para hacer ese viaje y de la capacidad de sacrificio que estés dispuesto a asumir.

Sea como sea, no dejes de viajar.

Nunca dejes de viajar.

¡NECESITO CONTENIDO YA!

Acto primero

Sala de reuniones con una gran mesa rectangular rodeada por seis sillas, en el centro de la misma un teléfono con dispositivo de manos libres, un portalápices con cinco bolígrafos y unos cuantos folios en blanco.

Entra la responsable de Redes Sociales claramente contrariada.

            –¡Necesito contenido ya! Estamos a menos de un mes para iniciar la campaña en Instagram y Facebook y no tengo nada. Necesito ilustraciones, fotos, vídeos, ¡algo!

A menudo los creativos de las empresas son un poco exagerados, quizás para dar más valor a su trabajo del que solemos darle el resto de mortales.

No es el caso de Amina. Desde que se la contrató para llevar la gestión de las RRSS de nuestra nueva empresa, ha dado muestras de ser una gran profesional, con mucha experiencia y las ideas muy claras. Además tiene razón, vamos con el tiempo justo para lanzar la primera publicación. Mi socio Pigio y yo nos miramos.

            –¿Qué hacemos Pigio? El diseñador que nos hace las ilustraciones no tendrá las primeras pruebas hasta dentro de quince días.

            –Tenemos el presupuesto del fotógrafo, sólo es cuestión de aprobarlo y hablar con él para ver su disponibilidad –propone Pigio.

Acto segundo

Un despacho con una mesa de oficina y una silla de dirección, en la mesa una pantalla de ordenador con su teclado, cuatro carpetas de expedientes y un teléfono móvil en posición de manos libres. Pigio sentado a un lado de la mesa y yo sentado enfrente suyo. Manteniendo una conversación telefónica a tres con Juan, el fotógrafo.

            –Podemos hacer un photoshooting de dos o tres sesiones, con distintas motos y pilotos, así tendré una buena base para editar –nos explica Juan –de esta manera tendríais contenido para dos meses de stories y posts de Instagram.

            –No sé de donde podemos sacar los pilotos, ni tenemos tiempo para organizar dos o tres sesiones. Nos urge mucho Juan –exclamo yo.

            –Se me ocurre una cosa –interviene Pigio, –podríamos organizarlo para hacerlo en fin de semana, así serían dos sesiones seguidas.

            –¿Y los pilotos? ¿Y las motos? –pregunto.

            –Tú y yo con nuestras motos. Son suficientemente distintas como para llegar a distintos públicos.

            –Os propongo ir a Los Monegros –dice el fotógrafo, –conozco el territorio y ofrece mucha variedad de paisajes y buenas localizaciones.

Lo que en principio parecía una idea descabellada empieza a tomar forma. Contactamos con otro piloto dispuesto a participar en la sesión de fotos y cuadramos agendas con él y con el fotógrafo. Estamos en época de pandemia y toda previsión es poca, así que además de someternos a sendas pruebas de detección del Covid-19, tramitamos las autorizaciones necesarias para realizar actividad empresarial en otra comunidad autónoma.Tras un intercambio de multitud de correos electrónicos, trazamos un plan para realizar el photoshooting el próximo fin de semana.

Observando el trabajo del fotógrafo

Acto tercero

Gasolinera del área de servicio del Bruc, en la autovía A2, primera hora de la tarde del viernes. Apenas un turismo repostando gasolina y cuatro camioneros comiendo el menú del día en la cafetería, en un lugar que normalmente, sin pandemia de por medio, estaría atestados de viajeros y transportistas. Un café mientras van llegando los miembros de la comisión fotográfica.

La comitiva está formada por Genís y su BMW R Nine T Urban, como piloto/modelo invitado; Juan con su Triumph 1200 Scrambler, como fotógrafo; Pigio con su BMW R Nine T y yo con mi BMW F 850 GS, como promotores del photoshoting.Un breve briefing para definir la ruta hasta nuestro alojamiento y partimos, ligeros de equipaje, rumbo a la comarca de los Monegros, en la comunidad de Aragón.

Genís, piloto y modelo con su BMW R Nine T Urban GS
Pigio con su BMW R Nine T Scrambler
Juan el fotógrafo, con su Trtiumph 1200 Scrambler

Acto cuarto

Un campo de alfalfa junto a una solitaria vía vecinal que cruza una carretera secundaria de Huesca. Primera hora de la mañana del sábado, las motos aparcadas en el exiguo arcén, Juan dando diversas instrucciones y moviéndose para buscar el encuadre óptimo.

–Pasa más cerca de la cámara…

–Sube la moto encima del montículo…

–Ves hasta la curva y vuelve haciendo un wheelie…

Cambio de emplazamiento.

Una pista de tierra en ligera pendiente con restos de barro de las últimas lluvias en los Monegros. Más instrucciones del fotógrafo.

–Cruza este charco…

–Frena derrapando delante de mí…

–Haz patinar la rueda levantando polvo…

Cambio de emplazamiento.

Ruinas de Belchite. Los restos de un campanario acribillado a balazos en una cruenta batalla durante la guerra civil. Juan sigue dando instrucciones.

            –Poneros en fila uno detrás de otro…

–Mira al horizonte con la mirada perdida…

            –Poneros de lado uno junto a otro…

A pesar de la tardía hora de la tarde, el fotógrafo se empeña en aprovechar la magnífica luz vespertina y la sesión se alarga un poco más. Después de 118 kilómetros off road, volvemos a la carretera para regresar a nuestro alojamiento. Llegamos al hotel tarde, avanzada la noche.

Epílogo

Bajo un puente de la autovía A2 para resguardarnos de la lluvia, cubriéndonos apresuradamente con el equipo impermeable antes de quedar totalmente empapados. Mediodía del domingo. Nuestra intención es ir hacia el Pirineo para cambiar de paisaje y hacer tomas dinámicas en puertos de montaña. El día lluvioso y gris no nos da tregua y tras diversas paradas en varios puertos de montaña, desistimos de conseguir buenas fotos. Nos tenemos que conformar con las obtenidas durante la jornada de ayer. Aunque no somos pilotos profesionales, lo hicimos con la dignidad suficientemente para que salgan buenas instantáneas. El fotógrafo está satisfecho. Llegamos a casa el domingo por la tarde con 360 fotografías, 2 horas de grabación de vídeo y 885 kilómetros en la mochila. Ahora son los creativos quienes deberan desarrollar todo el material gráfico conseguido.

¡Tenemos contenido!

El resultado nos deja satisfechos. ¡Tenemos contenido!

LA TORMENTA DE ARENA

Estábamos de vuelta y probablemente tardaríamos cinco o seis días en llegar a casa, pero el hecho de haber superado tantas penurias en el viaje de ida nos brindaba una falsa sensación de seguridad. 

Aunque aún nos faltaban más de 3900 km para llegar, en cierto modo teníamos la sensación del que el viaje tocaba a su fin. 

Volvíamos de Dakar, habíamos cruzado la frontera entre Mauritania y Senegal por el paso de Roso, según dicen una de las peores aduanas del mundo, fama bien merecida como pudimos comprobar en nuestras propias carnes. 

En Mauritania, cerca de Nouakchott, a mediodía y con 50 grados de temperatura, un golpe de calor, casi acaba con la vida de uno de nosotros, de no ser por la rápida intervención de un mauritano que casualmente pasó por allí.

Incluso habíamos tenido que repostar con la gasolina que llevábamos en bidones, para completar las largas distancias sin gasolineras.

Ahora, tras hacer noche en Nouadhibou, dejábamos atrás Mauritania y circulábamos por el Sáhara Occidental a trompicones, debido a los múltiples controles policiales que tenía aquella ruta en aquella época. Con varios viajes por Marruecos y el Sáhara a nuestras espaldas, íbamos prevenidos para estas paradas policiales, y por ello llevábamos fotocopias con la información personal que solían pedir, escritos en francés. De esta manera se agilizaban ligeramente las paradas.

A nuestra izquierda el Océano Atlántico Norte, a nuestra derecha la inmensidad del desierto del Sáhara, enfrente nuestro la ruta de regreso. En este tipo de viajes en el que se cruzan varios países, cada paso fronterizo es una complicación añadida, y en ese momento, aunque aún circulábamos por el Sáhara Occidental, tan solo nos quedaba cruzar la aduana de Marruecos a España, por eso nos sentíamos aliviados y confiados. ¿Qué más nos podía pasar?

Pues pasó algo más.

Levemente, de forma casi imperceptible el aire empezó a levantarse. A los pocos kilómetros, casi sin percatarnos, ya circulábamos por las rectas carreteras con las motos inclinadas hacia la derecha, para contrarrestar la fuerza que nos empujaba hacia el lado contrario. No contábamos con la fuerza de la naturaleza desatada, soplando con todas sus fuerzas y lanzándonos toda la arena del desierto. 

Sin detenernos e instintivamente, cerramos las cremalleras de la chaqueta y la pantalla del casco, a la vez que reducimos la velocidad ante el peligro evidente de caída por el viento. Recuerdo el ruido de la arena golpeando contra el casco, y la sensación de miedo a perder el control de la máquina. Aún con la pantalla totalmente cerrada, el viento y la arena se colaba por cualquier pequeña rendija que encontrara, obligándome a entornar los ojos hasta prácticamente cerrarlos. 

Durante una hora y media seguimos conduciendo bajo el azote de la tormenta de arena, hasta que por fin se fue y lo hizo de la misma manera que vino, lentamente y sin avisar. Cuando llegamos a Dakhla, la antigua Villa Cisneros, pudimos observar la huella que la arena había dejado de recuerdo en nuestras motos: la barra derecha de la suspensión delantera, la culata derecha del motor bóxer y las barras de protección limadas por la arena y la pantalla transparente con la mitad totalmente esmerilada.

Después, en la ducha de la pensión donde paramos a dormir, salió arena de todos los rincones de mi cuerpo, y cuando digo todos, me refiero a todos, no quiero entrar en detalles. Por suerte, uno de los amigos del grupo traía consigo colirio para los ojos, y gracias a él pudimos aliviar el escozor y enrojecimiento producido por la arena, aún con la pantalla del casco totalmente cerrada. Desde entonces siempre llevo conmigo unas cuantas monodosis de colirio.

A la hora de la cena, un muslo de pollo famélico y una coca cola caliente, acompañaron las risas comentando la experiencia, otra más a la saca.

La subida imposible

La escena era deprimente: la moto de mi compañero sobre una mancha de aceite unos metros más arriba de donde estaba la mía, en un camino con mucha pendiente y enormes pedruscos sueltos que dificultaban la tracción de nuestras Royal Enfield 350 por aquella subida imposible. Pep sentado junto a su moto con la cabeza apoyada sobre las manos, Valerie sentada al otro lado. Yo junto a la mía tumbado en el suelo, intentando respirar para recobrar el resuello. Aquella cuesta empinada estaba pudiendo con nosotros.

Las pequeñas Royal Enfield 350 dieron la talla

Nos dirigíamos al reino de Mustang en Nepal, habíamos dormido en Lete, una pequeña aldea dentro del Área de Conservación del Annapurna, aunque lo de dormir es relativo, pues el frío intenso dentro de aquel austero refugio de paredes de fina chapa de madera, apenas me dejó conciliar el sueño. 

Según el mapa estábamos llegando al Kali Gandaki, el desfiladero más profundo de la tierra, de 5500 m. de desnivel, con el río del mismo nombre surcando el valle entre dos gigantes; el Daulaghiri de 8167 m. y el Annapurna de 8091 m. Nuestro objetivo era pisar el lugar sagrado de Muktinah, pero el hecho de poder circular con nuestras motos por esa maravilla de la geografía terrestre del Kali Gandaki, nos daba suficiente motivación para aguantar la dureza del viaje. Aunque aquella cuesta empinada estaba pudiendo con nosotros.

El kali Gandaki a nuestros pies

Esa mañana llevábamos algo más de dos horas sobre las motos, cruzando ríos desbordados con el agua cubriendo media rueda, circulando por barrizales y sorteando enormes piedras caídas en desprendimientos. Pep llevaba días fastidiado por una ciática que le atacaba la pierna derecha y cada vez que tenía que apoyar el pie en el suelo para equilibrar la marcha le dolía horrores. Le acompañaba su mujer Valerie, con lo que en su caso, era más arduo manejar la moto cargada por terreno difícil. 

Además, mis amigos Pep y Valerie habían estado haciendo un ruta por el Terai, la zona de jungla de Nepal fronteriza con India, y llevaban bastantes más kilómetros y días de viaje que yo, antes de que nos juntáramos en Pokhara, para iniciar el viaje a Mustang. O sea que encima cargaban con la impedimenta necesaria para más días de viaje y multiplicado por dos personas. Más peso que soportar en la pierna de Pep cada vez que la apoyaba en el suelo.

Aquella cuesta empinada estaba pudiendo con nosotros. 

Cuando por fin logré respirar como un ser humano, me incorporé, fui hasta la moto de mis compañeros y me detuve a buscar la procedencia del aceite del suelo. Con la cantidad de polvo y barro incrustado en el motor no pude ver el origen. Pep seguía en silencio y cabizbajo. 

            —¿Cómo estás Pep? —le pregunté.

            —Jodido. La ciática…

—Y esta subida no ayuda precisamente. 

—Creo que el aceite supura por las juntas del motor —dijo Pep —hace mucho calor a mediodía, y tanto rato en primera velocidad para subir esta maldita subida debe poner el aceite hirviendo.

Nos quedamos un rato más sentados en silencio. El calor, la deshidratación y el cansancio hacían mella en nuestro estado de ánimo. Unos metros más arriba, a un lado del camino había una pequeña choza, con una mujer cortando leña y una niña mirándonos con curiosidad. 

            —¿Qué hacemos Pep? —pregunté con un hilo de voz.

Sin soltar palabra Pep se levantó y empezó a remontar la cuesta a pie, lentamente, hasta desaparecer de nuestro campo de visión. El desánimo era tal que si Pep o Valerie hubieran tan sólo insinuado volver para atrás y cancelar el viaje, lo hubiera entendido perfectamente. De hecho, creo que en mi fuero interno casi lo deseaba.

Al rato vislumbramos a mi amigo bajando hacia nosotros. El rostro le había cambiado.

            —Quedan unos 50 o 60 metros de subida y después la pendiente se suaviza —nos informó —¿Seguimos?

Aquellas palabras fueron un soplo de aire fresco, un chute de adrenalina, la inyección de optimismo que necesitaba. 

Y vencimos a la subida.

Lo que vino después fue espectacular. Fueron días de disfrute de una de las mejores experiencias sobre dos ruedas que haya vivido nunca. El Kali Gandaki, la llegada a Jomsom, la subida a Muktinah. Y después volver dando un rodeo por Gorkha. Aún con alguna avería en las robustas Royal Enfield que pudimos reparar por nuestros medios, y algún que otro extravío por aldeas que ni aparecían en los mapas, logramos nuestro objetivo. En Muktinah nos abrazamos, saltamos de alegría y lloramos.

Reparando sobre la marcha

Me consta que la mayor parte del recorrido que hicimos en aquel viaje ahora está asfaltado, pero en aquella ocasión, después de varios días de andar medio perdidos por pistas y caminos de tierra, cuando por fin llegamos al asfalto, nos bajamos de las motos a besarlo.

Besando el asfalto después de días sin pisarlo

Debo admitir que de no ser por la valentía y determinación de mis compañeros de viaje, no habría llegado a Mustang. Gracias Valerie y Pep, por echarle el coraje que le echasteis.

¿NUNCA LLUEVE EN EL DESIERTO?

O al menos así reza el dicho popular, que como todos los dichos populares se fundamentan en una verdad, aunque no absoluta. Siempre hay una excepción que confirma la regla, y yo experimenté esa excepción en mis propias carnes.

Llevábamos ya muchos kilómetros sufriendo el calor de agosto viajando por el sur de Marruecos, circulando con la pantalla del casco abierta y todas las cremalleras de chaqueta y pantalón desabrochadas, buscando la mínima aireación que proporciona la marcha sobre la moto.

Era un viaje sin un objetivo definido, simplemente un par de amigos dando una vuelta en moto por el reino Alauita, con fecha de salida pero sin fecha de vuelta, por eso al llegar a Merzouga decidimos tomarnos unos días de descanso.

En ambientes moteros y viajeros, se había puesto de moda el alberge de Alí el Cojo, un personaje peculiar a quién a pesar de faltarle la pierna derecha, conduce por las dunas locales con una habilidad sorprendente cualquier vehículo todo terreno que caiga en sus manos. Pues bien, precisamente porque estaba de moda, no nos alojamos allí, sino en otra kasbah cercana. 

Al segundo día de disfrutar del dolce far niente, nos surgió la oportunidad de realizar una excursión por las dunas del Erg Chebbi en dromedario. Quizás por aburrimiento o porque en el fondo también somos turistas, por más que nos creamos viajeros/aventureros, aceptamos el ofrecimiento.

El Erg Chebbi es un mar de arena, pequeño en comparación con la inmensidad del Sahara, pero suficientemente grande como para tener la sensación de perderte en el desierto, cuando te adentras en él. Sus dunas ocupan una superficie de 22 kilómetros de largo por 5 de ancho, en los que solo hay arena y más arena. Aprovecho para recomendarte, si alguna vez visitas el lugar, que pases una noche al menos, durmiendo sobre la arena, lejos de kasbahs y albergues, sin techo y sin tienda, bajo las estrellas. Pocas veces me he sentido tan pequeño como la vez que yo lo hice. Aquella noche, una manta y un saco de dormir me bastaron para entrar en sintonía con el universo, en aquel vivac improvisado. Pero eso fue en otro viaje, muchos años antes.

El viaje del que te estoy hablando ahora, era mucho más prosaico, así que una vez ataviados con pantalón corto, camiseta, chanclas de goma y gafas de sol, nos montamos en los respectivos dromedarios, acompañados por el joven saharaui que hacía de guía. 

El chico apenas hablaba francés, así que en silencio y a paso lento nos fuimos alejando de las construcciones habitadas. El movimiento acompasado del animal, mecía mi cuerpo suavemente a derecha e izquierda, con tal cadencia que hacía que mi mente fluyera relajadamente. Hubo un momento en que casi llegué a desconectar el pensamiento. De repente una sensación conocida pero desubicada me trajo de nuevo a la plena conciencia, era una gota golpeándome el rostro.

¿Una gota en la cara? No es posible, pensé. Aunque geográficamente el Erg Chebbi no es el desierto del Sáhara, no deja de ser una zona desértica en la que nunca llueve. Después otra gota. Y otra más. Y después muchas más. ¿Nunca llueve en el desierto?

Mi compañero y yo nos miramos sorprendidos. El joven guía nos miró sonriendo, deshizo el turbante que llevaba en la cabeza y se lo volvió a poner de modo que le cubriera la cara, dejando tan solo una pequeña ranura en la tela por donde mirar, y seguimos avanzando. 

El cielo se oscureció apagando el fuerte brillo del sol, la lluvia se intensificó llegando a resultar molesta. Pero seguimos avanzando convencidos de que aquello era tan poco frecuente, que debería durar muy poco más. ¿Qué importaba mojarnos un poco? Incluso lo agradecíamos después de tanto calor en la carretera.

Al poco rato a la lluvia se le sumó el viento, de tal manera que los impactos de las gotas de agua en las zonas descubiertas del cuerpo, la cara, los brazos y las piernas, resultaban casi dolorosos. Decidimos parar a esperar que dejara de llover. El chico hizo que los dromedarios doblegaran las cuatro patas y se recostaran sobre su cuerpo, cuando estuvieron acostados los animales se puso en cuclillas muy pegado a uno de ellos, de manera que le hacía de paraviento. Nosotros le imitamos y nos arrodillamos junto al otro dromedario. La temperatura empezó a bajar.

Estábamos a la intemperie, en chanclas bajo una tormenta de lluvia y viento, con la poca ropa que llevábamos empapada, piel con piel con los dromedarios. Pasaron los minutos y mi sorpresa llegó al límite, cuando los golpes en mi piel dolían de verdad, y al observar que en la arena golpeaban pequeñas bolitas de hielo que se fundían en cuestión de segundos. ¡Estaba granizando!

El guía hizo levantar de nuevo a los animales y con gran rapidez y habilidad, desató las pequeñas sillas de montar y les despojó de las gruesas mantas que llevan entre la joroba y la silla. Nos ofreció una a nosotros y él se cubrió con la otra. 

La escena era cuanto menos curiosa, literalmente adosados entre nosotros y al animal, con una pesada y apestosa manta cubriendo nuestras cabezas, temblando de frío y esperando que dejara de granizar. 

Cuando empezaba a extenderse sobre la arena un ligero manto blanco, dejó de caer hielo del cielo y rápidamente se abrieron las nubes, dejando ver de nuevo el sol. En pocos minutos volvió el bochorno, ahora acrecentado por los vapores que desprendía la arena húmeda. El guía volvió a ensillar a los dromedarios, mientras repetía shukraan, shukraan, in sha allha, nos montamos en ellos y emprendimos el regreso.

En el trayecto de vuelta intentamos preguntarle al chico si la kafkiana e increíble tormenta que habíamos sufrido era algo habitual, pero nuestra ignorancia del idioma árabe y su desconocimiento del francés, hicieron imposible toda comunicación.

Llegando a nuestro albergue en cambio, sí que se hizo entender, y a su manera nos dijo que le acompañáramos a comprar alfombras a buen precio, al taller de su familia. Esas frases de “el taller de mi familia” y “alfombras a buen precio” la he escuchado tantas veces en tanta ocasiones que he viajado por Marruecos, que declinamos su invitación. 

Y es que ya teníamos cubierto el cupo de turistas por una buena temporada.